¿Qué tenía de raro Michael Jackson?
La necrofilia periodística es una obligación de la actualidad cuya perversión no reside en su práctica misma sino en el insano ejercicio de bailar sobre las tumbas de los finados. Forma parte del código de estilo no escrito y no asumido de los medios echar mano del registro "monstruoso" para poder encasillar al objeto de la reseña en un nicho, valga la rebuznancia. Es una muestra más del empobrecimiento de las redacciones que no se debe al estado de la profesión sinó a lo peor de nuestro ADN: el gacetillerismo irreflexivo. Porque, vamos a ver, de qué extrañarse si un artista, vivo o muerto, es excéntrico; si hubiera sido un señor normal se hubiera dedicado a empleado de banca, dicho sea con todos los respetos para esta noble profesión. Los artistas están para eso, para llamar la atención y salirse de la norma, es decir, no ser normales. Para llamar la atención hacia su producto, para aportar interés al espectáculo y, las más de las veces, para sobrevivir en una industria cuya crueldad convierte al mobbing usual en las empresas industriales en un halago de chiquillos.
No me pareció Jackson más freak que Madonna, por poner un ejemplo. Y qué me dicen del careto de Keith Richards, a quien todos ríen las gracias, con esa pinta de haber salido de una pesadilla de John Landis. Ahí está la cruda verdad, amigos: del colega de Mick Jagger no se ríe nadie porque se le teme, y de Michael Jackson uno se podía cachondear porque era simplemente un niño rico y malcriado, o eso se le suponía. Es decir, la ley de la chulería callejera asumida por los ciudadanos de bien.
Ninguna "rareza" de este artista supera cualquier extravagancia con las que nos han deleitado las estrellas de Hollywood desde los felices veinte. Además, fijáos que los gacetilleros, cuando un grupo o artista famoso llega de gira, señalan sus "exigencias caprichosas de gran estrella", como cientos de toallas limpias, fuentes de frutas o un piano en la habitación. Vamos a ver, cuando te pasas tres o cuatro meses fuera de casa, viajando en todo tipo de transportes, de ciudad en ciudad, sin los objetos habituales de tu entorno, o te creas un ambiente doméstico mínimamente cómodo o te vas a hacer puñetas. Las toallas sirven para secarse el sudor en unas jornadas de escenario y no digamos de ensayos en las que se queman caloría a puntapala, tan exigentes o más que cualquier ejercicio atlético; la fruta, bueno, lleguen ustedes al hotel a las 4 o a las 5 y pidan al servicio de habitaciones un refrigerio potable y verán qué risa, y el piano, pues caramba, qué cosa más rara que los músicos necesiten un piano para hacer pruebas en privado. Durante mi etapa de reportero musical me las ví y me las deseé para conseguir que algún qué otro jefe de sección entendiese ésto.
No creo que Michael fuera pedófilo. Dado el entorno social y legal de Estados Unidos, y el resurgir de los puritanismos victorianos disfrazados de progresismo, y dada la más que reconocida figura del padre inescrupuloso espoleado por leguleyos para extorsionar a los famosos, las dudas son más que razonables. ¿Y Neverland, el zoo, los juguetes? ¿Porqué no se cuestiona pues el Graceland de Elvis, lugar de peregrinación consagrado? Y la compañía de Liz Taylor o alguna qué otra estrellona, pues qué quieren que les diga, mucho más provechosa que según qué otra. Personalmente me han gratificado más mis conversaciones con Sara Montiel que algunas otras que prefiero olvidar.
Lo que me parece realmente notable del esfuerzo que Michael hizo por sobrevivir en la selva fue, de todos modos, lo que más se le ha criticado: el blanqueo de la piel y la cirugía estética. Se atrevió a romper con algo sagrado: la determinación genética que le aherroja a uno a un grupo racial, incluso un sector social. Nuestro artista ya tuvo lo suyo durante los años de explotación en la Tamla Motown, cobrando --junto con sus hermanos-- medio centavo por single vendido y dos centavos por elepé. Me imagino que cuando los mitómanos elogiaban a aquella meca de la cultura negra, él se cagaba en toda su parentela. Michael Jackson emprendió una huída, desde la fealdad, la explotación y la violencia, hasta lo que él consideraba un mundo posible de paz, belleza e inocencia. Se lo quiso comprar y fabricar a medida porque no disponía de otros medios. Sacó su música de la determinación racial y la elevó al olimpo del pop representado por aquella combinación de ritmo y melodía que alegró las vidas de los adolescentes desde el final de la guerra. Y tuvo como aliado a Quincy Jones, que es como ser escritor y que te protaja Borges vivo.
Personalmente, nunca me ha interesado demasiado la música de Michael Jackson, pero he admirado que inventase el videoclip moderno. Ahora, cuando la chusma bailotea sobre su tumba, me merece más respeto.
Ah, por cierto, por lo que respecta a posibles abusos químicos y sobredosis, aquí, en la patria del botellón, donde un crío de cada cuatro agarra un pedo cada fin de semana, haríamos bien en callarnos la boquita.
Edición especial de la revista Time dedicada a Michael Jackson








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