Los comentarios de Julia y Jaume me dan pie para continuar
con la reflexión.
El objetivo del movimiento obrero en todas sus versiones,
desde el siglo XIX, era construir una contrasociedad, para lo cual
constituyeron sus propias organizaciones en contrasociedades realmente
existentes en el seno de la sociedad de clase. En unos casos, contrasociedades
de ayuda mútua y solidaridad; en otros, maquinarias de lucha formidables. El
terrorismo anarquista era tan justificado por las masas trabajadoras hace dos
siglos como el terrorismo islamista lo es hoy por las masas musulmanas y
sectores izquierdistas, curiosamente en términos ideológicoemocionales muy
parecidos (con el quien calla otorga o con la superstición de que su causa es
la opresión y la pobreza).
Nadie veía posibilidades de progreso y evolución en el marco
del capitalismo. Por eso, la república española fue la primera revolución
juvenil moderna del siglo XX, protagonizada por chicos de entre 15 y 20 años
que habían sido lo que hoy llamamos trabajadores infantiles y que vieron
abrirse ante sí una insólita posibilidad: acabar de raíz con un mundo de
miseria, opresión e ignorancia y dar forma a un mundo nuevo. Vistos desde hoy,
su determinación… y su fanatismo son sorprendentes. Uno y otro fueron el fulcro
sobre el cual se dio una epopeya no vista desde tiempos de Espartaco:
hundimiento de todo su mundo, exilio, combate contra los nazis, reconstrucción
de las estructuras de lucha, conexión con las nuevas generaciones, impulso de
nuevas formas de resistencia y combate. Los dramas personales de los viejos
militantes y sus hijos son inconcebibles fuera de ese contexto histórico único,
descomunal y terrible en el que ellos protagonizaron una situación única y no
menos terrible. No pudieron escoger su aventura; les vino dada.
El triunfo de la revolución soviética primero, el socialismo
en un solo país después, y el equilibrio del terror entre bloques más tarde
fueron un contexto sucesivo que determinó el desarrollo del movimiento mundial
de liberación. Incluso en su forma más pervertida, de burocracia estatal
autoritaria, la oportunidad de surgimiento de una contrasociedad era un
elemento fundamental. Y la idea de contrasociedad sigue vigente hoy en los
modernos movimientos altermundistas, ecologistas y neolibertarios, sobre todo
en sus versiones ideológicamente más agudas. Curiosamente, observamos en estos
movimientos actuales y muchas de sus expresiones culturales elementos de
infantilismo revolucionario que otrora protagonizaron anarquistas en los siglos
XIX y XX y fueron refutados por los movimientos socialista y comunista. El
dogmatismo y la cerrazón mental que reside tras el pensamiento políticamente
correcto y la estéril ideología de tebeo de los altermovimientos más
domesticados (Joan Saura clamando que Cataluña no es un nido de jiyadistas) son
secuelas de lo peor de esa tradición.
Cuando teorizaba el final de la historia, Fukuyama aludía al
cese de persecución de la contrasociedad, o por lo menos a su imposibilidad
práctica. Más que una sentencia derechista, esa posición abre un interrogante
muy estimulante: ¿cómo se postula un cambio social radical en un momento en que
la fe en el progreso ha desaparecido, en que no hay determinación ideológica
capaz de generar epopeyas humanas como las vistas, en que no existe un hilo
rojo subterráneo que una a “las masas” en pro de ese “ideal” común, y en el
cual, sin embargo, la estructura de una sociedad dividida en clases, una
tecnología dominada por el provecho a ultranza y hurtada al control
democrático, y una reducción del trabajador a un simple consumidor mermado en
su faceta de productor, siguen tan en pie como en el siglo XIX?
Cuando nos preguntamos si valió la pena, mi respuesta es sí.
Pero mi pregunta se dirige al futuro, tratando de contemplar el presente con
ojos desapasionados y mirada amplia:
La determinación ideológica total la tienen hoy solamente
los islamistas. El secreto mejor guardado del progresismo actual es que muchos les
consideran como un mal menor que tiene la virtud de acosar al “enemigo”. Pero
ellos y las estructuras políticoeconómicas que los sostienen son los mayores
cercenadores de libertades, presentes y futuras. Guantánamo es una broma
comparado con Riad.
Si los jóvenes que reivindican hoy al Che Guevara quieren
ver cómo sería hoy Ernesto, ahí tienen su retrato contemporáneo, cual Dorian
Grey al revés: Manuel Marulanda.
La última contrasociedad realmente tangible, Cuba, deberá
pasar por una prueba cuando el régimen se transforme, de un modo u otro, y dé
paso a una economía con mayores o menores elementos de mercado, y es la prueba
de o educación cívica o desierto moral, como en el resto de países comunistas. La
pretensión de ir hacia el hombre nuevo tiene una prueba del nueve no menos
determinante: ver si lo que te motiva es la liberación y el progreso de tu
pueblo o ganarte unas pesetillas bajo cuerda porque la miseria ambiente te
obliga a ello (o porque tu ansia de consumo no te deja ver otra opción).
Busco y no encuentro una sola idea liberadora e ilusionante
en la socialdemocracia europea de hoy. El federalismo europeo pudo ser una,
pero hay que ver cómo se arrian velas bien rápidamente. Hace una semana leí una
entrevista con Edgar Morin en Le Monde: “Hace ya años les propuse a los
socialistas organizarles seminarios sobre la sociedad compleja; se me
cachondearon (ils se me’n foutaient). Sólo saben pensar en términos de poder, y
lo único que cuenta para ellos es ir a por la conquista del poder político y
tratar de que no se lo arrebaten”.
Cuanto más cierta es la amenaza del cambio climático más patético
aparece el ecologismo. Como el anarquismo infantilista más estéril, cree que “los
pequeños cambios son poderosos” y distribuye reguladores de agua entre los
ciudadanos, cuando el principal gasto está en una agricultura deformada por las
exigencias de Bruselas, una urbanización de la costa monstruosa y una fabricación
de nieve artificial necesaria para que las industrias turísticas de montaña
sigan impidiendo el éxodo de sus pueblos. El drama del ecosocialismo es que
debe defender al mismo tiempo la “sostenibilidad” y por ende la limitación de
la producción y el consumo, y los puestos de trabajo de la industria, que se
van a la porra cuando estos son amenazados.
Seguiré tomando notas.
Yo no soy capaz de decir si valió la pena, lo lamentable es que, como se dice vulgarmente, el infierno esté empedrado de buenas intenciones y que con ideas tan bellas se construyan sociedades tan perversas. La pobreza de ideas actual hace mitificar aquel mundo, sin embargo es triste pensar en toda la tragedia que comportó, quizá inevitable, no lo sé.
De la misma manera que admiro muchas individualidades, con todos sus claroscuros, desconfío de los movimientos de masas y de cualquier ideología que diluya la individualidad en aras de ideas diversas, por buenas y bien intencionadas que parezcan.
Publicado por:júlia | 21/01/08 a las 7:13
Saura me parece un personaje fascinante. Su momento de mayor gloria fue el día de la manifestación por las infraestructuras, cuando dijo que quería ir a la manifestación pero su deber le obligaba a permanecer al frente de las fuerzas del orden que iban a controlar y, si era preciso, enfrentarse a esa misma manifestación. Me pareció simplemente sublime.
En Cuba ya está pasando que la economía real existe por debajo de o paralela a la del sistema. Es exactamente el mismo esquema de la vieja Europa del Este: apariencia de alta calidad en educación y salud (aunque después ni los escolares conocen nada del pensamiento contemporáneo que no sean las obras completas de Fidel Castro, ni haya una sola mujer sin problemas de descalcificación por falta de lácteos en la dieta), mientras la gente de la calle busca euros y dólares (o pesos convertibles) como locos y recurriendo al amigo o amiga que tiene acceso a los turistas extranjeros. Simplemente, la "contrasociedad" no funciona, nunca funcionó, y sigue el mismo patrón que siguieron otros fracasos anteriores. Venezuela empieza a seguir el mismo camino y, evidentemente, padece los mismos síntomas.
Publicado por:Jaume de Marcos | 23/01/08 a las 10:51