Todos con el Sahara
Todos con el Sahara, campaña de solidaridad con el pueblo saharaui impulsada a partir del festival de cine celebrado en el campamento de Dajla este año, con la colaboración de Javier Bardem. Ver vídeos.



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Carlos Ruiz Zafón, entrevistado en La Vanguardia:
(entre el final de la revolución industrial y la segunda mitad del siglo XX) Es un periodo que me fascina porque representa un momento de gran promesa de la Humanidad. Tras siglos de oscuridad y miseria se produce un gran desarrollo de la ciencia, la tecnología, la escolarización, la medicina... parece que por fin la humanidad va a salir de la edad oscura, y en cambio la consecuencia es la mayor destrucción y el mayor horror de la historia de lahumanidad en la segunda guerra mundial.
Soy divulgador de la causa tibetana desde antes que se extendiera lo que cierta frivolidad muy nuestra llama tibetear. Suerte que los famosos de Hollywood dieron la cara por el pueblo tibetano, porque si llega a ser por la izquierda europea y los nacionalistas propios, aún estarían esperando. Ayudé a fundar la Casa del Tíbet y me harté de explicar que lo relevante no era si los lamas levitaban sino qué estábamos dispuestos a hacer para evitar la desaparición de su antigua cultura y la opresión de sus ciudadanos. Aún hoy, ha tenido que ser el denostado Sarkozy quien se atreva a desafiar los melindrosos dengues de quienes no desean comprometer el negocio global.
Y sin embargo, no veo claro un boicot a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Igual piensan el propio Dalai Lama y el presidente del Parlamento tibetano en el exilio (recordar que este parlamento votó una constitución democrática que establece un estatus para el Dalai Lama propio de la separación iglesia-estado). Porque el Tíbet democrático del futuro no podrá serlo si no lo es en el marco de una China democrática. A pesar de todas las dificultades actuales y de la cerrazón china actual.
China es consciente de que para nada debe seguir el camino de la extinta Unión Soviética. Pero la mano de hierro con la que sus dirigentes encaminan su transición resulta chocante en la actual situación. Las diatribas contra el Dalai Lama son simplemente ridículas, comprensibles, sin embargo, teniendo en cuenta que el Partido Comunista chino en Tíbet no fue purgado después de la revolución cultural. China debiera ser consciente de que no puede permitirse, simplemente, hacer el ridículo. Si la causa tibetana despierta grandes simpatías en occidente, no es menos cierto que una China cada vez más próspera y armoniosa es un horizonte igualmente deseable para todos. Se echa en falta la inteligencia que los dirigentes chinos han aplicado en tantas otras áreas del presente proceso.
Recomiendo leer la última crónica de Rafael Poch desde Beijing , muy equilibrada, que nos ilustra perfectamente sobre los matices que deben contemplarse en la cuestión.
Tibet democrático y libre, China democrática, próspera y triunfante.
(Foto vía Clara Llum Ibáñez).
No es la inolvidable película protagonizada por Audrey Hepburn sino que he pasado las vacaciones de Semana Santa en Roma, y he vuelto oxigenado, energetizado, despejado y animado. Entre el caos del tráfico, el ajetreo turístico y el desastre general de infraestructuras, el espíritu de la Ciudad Eterna permanece y te impregna. Me he llevado conmigo El mundo clásico, de Robin Lane Fox y he vuelto con una edición de La Divina Comedia en lengua original, y la sensación de que los demócratas humanistas debemos reconectar con las raíces de nuestra antigua civilización, despistadas en una modernidad líquida que confunde la tolerancia aplicada a la diversidad cultural con la vagancia cultural y ética.
Soy un fan irreductible de Italia y su cultura. Mis héroes son también Garibaldi, Mazzini y Cavour. (Ya sé que en nuestro bendito país está mal visto tener héroes. Como dice José Antonio Marina, aquí no admiramos a nadie porque no consideramos a nadie digno de admiración, al huir como posesos de la exigencia, el esfuerzo y la excelencia, y por ese pecado capital tan español que es la envidia. Si te preguntan cómo estás no digas que estupendamente; hay que quejarse y gimotear si uno no quiere ser mal visto). He encontrado a los italianos, sin embargo, un poco más mustios, seguramente por la infame política que padecen y el insufrible estado que soportan. Precisamente, el punto central del programa de Walter Veltroni consiste en simplificar el estado y aligerarlo. Pero siguen siendo gente acogedora, excelente, que sabe vivir.
Este paseo italiano me ha sugerido muchas reflexiones que iré apuntando aquí, mientras remodelo y potencio el blog. Voy a fundir todos mis blogs en este, voy a hacer una edición paralela en lengua catalana y a reordenar e incrementar los enlaces y blogroll. Pero la primera es que los españoles y los catalanes debemos reflexionar seriamente sobre nuestro país cuando viajemos en la actualidad. Los italianos están verdaderamente impresionados con el sorpasso español; yo pienso que la sociedad española, quizás con la alemana, es la más dinámica y potente hoy día en Europa. Las trifulcas politiqueras españolas se ven, de lejos, enanísimas, y el spleen catalán que se derrama por la política local (pasen y vean el enésimo espectáculo de ERC; observen el silenciamiento de Josep Benet como cabeza electoral y punta de lanza del PSUC; asistan a las marrullerías de Baltasar e ICV en la comedia del agua). Verdaderamente, no somos conscientes de lo que somos ni de lo que tenemos, y mucho menos, de que vivimos estupendamente en un país tremendamente vivo y prometedor, a pesar de todos los pesares que hayan de pesar.
Hoy me he acordado de mi viejo amigo Ernest Lluch, asesinado por ETA y aficionado al rock and roll, y recupero su definición de lo que es el socialismo:
E"l socialismo es llevar la máxima libertad, la máxima igualdad y la máxima fraternidad posibles a las personas que viven en sociedad. Para lograrlo no basta con políticas públicas, sino que también hace falta que la moral y la ética de las personas cambien paralelamente. Hemos de cambiar las cosas, pero hemos de cambiar también a las personas. Pienso que hemos de hacer nuestros los valores del cristianismo primitivo y del cristianismo humanista. Hemos de incorporar los valores de camaradería de los trabajadores en el trabajo y en su organización autónoma. La ética del trabajo y de la tarea bien hecha nos ha de vertebrar. Colectivamente hemos de esforzarnos para que desaparezcan los flagelos y causas de la desigualdad, el miedo a la enfermedad sin asistencia, la vejez sin recursos, el no poder estudiar teniendo condiciones y ganas. Queremos tambíén que la formación de las personas nos permita disfrutar del ocio de una manera creativa y enriquecedora. Hemos de hacer todo esto extendiendo la mirada a nuestro alrededor, pero contemplando a todo el planeta que queremos conservar, hasta que la inmensa mayoría viva en condiciones dignas y en una libertad que es un fin en si misma.
Mi tío putativo José Luís López Bulla revisa la figura, fulgurante, inspiradora y profética, de Simone Weil, sindicalista, revolucionaria democrática, herrada con la marca del esclavo y bautizada con fuego. Es una de las figuras que urge revisar y recuperar, como Victor Serge, otro gigante olvidado cuyo pensamiento pide a gritos una reflexión actual.
La tesis de Simone Weil:
Piensa que el trabajo manual debe considerarse como el centro de la cultura y sostiene que la separación creciente a lo largo de la historia entre la actividad manual y la actividad intelectual ha sido la causa de la relación de dominio y poder que ejercen los que manejan la palabra sobre los que se ocupan de las cosas.
¿Què consideración tendría esa tesis en el partido demócrata de Maragall? Es una cuestión que me intriga tanto como la iniciativa de mi querido hermano de mi no menos querido Pau Maragall, a quien tampoco olvidaremos nunca.
Los comentarios de Julia y Jaume me dan pie para continuar con la reflexión.
El objetivo del movimiento obrero en todas sus versiones, desde el siglo XIX, era construir una contrasociedad, para lo cual constituyeron sus propias organizaciones en contrasociedades realmente existentes en el seno de la sociedad de clase. En unos casos, contrasociedades de ayuda mútua y solidaridad; en otros, maquinarias de lucha formidables. El terrorismo anarquista era tan justificado por las masas trabajadoras hace dos siglos como el terrorismo islamista lo es hoy por las masas musulmanas y sectores izquierdistas, curiosamente en términos ideológicoemocionales muy parecidos (con el quien calla otorga o con la superstición de que su causa es la opresión y la pobreza).
Nadie veía posibilidades de progreso y evolución en el marco del capitalismo. Por eso, la república española fue la primera revolución juvenil moderna del siglo XX, protagonizada por chicos de entre 15 y 20 años que habían sido lo que hoy llamamos trabajadores infantiles y que vieron abrirse ante sí una insólita posibilidad: acabar de raíz con un mundo de miseria, opresión e ignorancia y dar forma a un mundo nuevo. Vistos desde hoy, su determinación… y su fanatismo son sorprendentes. Uno y otro fueron el fulcro sobre el cual se dio una epopeya no vista desde tiempos de Espartaco: hundimiento de todo su mundo, exilio, combate contra los nazis, reconstrucción de las estructuras de lucha, conexión con las nuevas generaciones, impulso de nuevas formas de resistencia y combate. Los dramas personales de los viejos militantes y sus hijos son inconcebibles fuera de ese contexto histórico único, descomunal y terrible en el que ellos protagonizaron una situación única y no menos terrible. No pudieron escoger su aventura; les vino dada.
Cuanto más cierta es la amenaza del cambio climático más patético aparece el ecologismo. Como el anarquismo infantilista más estéril, cree que “los pequeños cambios son poderosos” y distribuye reguladores de agua entre los ciudadanos, cuando el principal gasto está en una agricultura deformada por las exigencias de Bruselas, una urbanización de la costa monstruosa y una fabricación de nieve artificial necesaria para que las industrias turísticas de montaña sigan impidiendo el éxodo de sus pueblos. El drama del ecosocialismo es que debe defender al mismo tiempo la “sostenibilidad” y por ende la limitación de la producción y el consumo, y los puestos de trabajo de la industria, que se van a la porra cuando estos son amenazados.
¿Qué son los comunistas, o qué fueron? Las respuestas que se leen o escuchan ahora tienden todas a olvidar la esencia de la historia y a centrarse exclusivamente en la apariencia más inmediata desde el hoy mismo. El comunismo fue o es, elegir, una política de combate y una posición racional por un bienestar colectivo. Una organización pensada para la guerra total. Construida a lo largo de un período histórico, desde mediados del 19 y hasta los años treinta del siglo pasado. Tiempo histórico de una dureza totalmente incomprensible para los que no lo vivieron y que ni los libros, ni la memoria verbal han conseguido salvar. Dureza social, policial, militar, colonial, racial, de clase, de sexo, política y al fondo una gran esperanza también. La forja fue esa. Los metales, hombres y mujeres que lo apostaron todo a un mundo mejor, tal vez porque no tenían nada que perder, salvo su orgullo humano. El fuego “purificador” fueron unas sociedades alejadas del desarrollo democrático y de la complejidad social del desarrollo como Rusia y China. Los efectos de todo ello, inconmensurables para bien o para mal, los vivimos todavía.
¿Valió la pena? Pregunta sin respuesta, como la que hacen los físicos al preguntar qué hubo antes del Big Bang. No hay lugar para la pregunta, puesto que la vida la hacemos cacho a cacho y tomamos las decisiones sin conocer el futuro, nuestro futuro. ¿Qué pensaría el hijo de un supuesto Jordi Solé si este no hubiera luchado por la democracia y por un mundo mejor y que se hubiera instalado en la comodidad de la cátedra, haciendo oídos sordos a la realidad circundante? ¿Hubiera valido la pena eso? Su padre podría haber errado en el grado de compromiso o en sus circunstancias concretas, pero no en el compromiso. Quien ha tenido cerca una persona vinculada a la lucha democrática o social ha tenido más que un padre o un hermano, ha tenido un ejemplo de lo mejor de lo humano a seguir.
Por Luis Casas, en Metiendo Bulla, a propósito de la película sobre Jordi Solé Tura, veterano militante comunista y socialista.
Sí, valió la pena. Para quienes éramos jóvenes entonces, fue el aprendizaje de la empatía, de la necesidad de luchar contra la injusticia y por la libertad, y de hacerlo con la mejor arma que había, "una organización pensada para la guerra total", como lúcidamente dice Casas. Los soldados de aquella organización no sabíamos cómo acabaría aquella guerra; los militantes de ahora no comprenden la naturaleza de la guerra actual.
Soy comunista, del comunismo del futuro, no del pasado. Soy socialista, no de la socialdemocracia actual que despoja al ciudadano trabajador de su protagonismo combativo y lo reduce a un mero beneficiario de políticas sociales diseñadas por burócratas y profesorcillos ignorantes de lo que es y lo que va a ser la nueva sociedad red . Ni Chavez ni sus payasos son comunistas ni socialistas, son bonapartistas cerriles y taimados. Las FARC no son un movimiento de liberación sino una empresa y un negocio infame con el dolor. La lucha de clases no ha cesado sino que continúa en escenarios diferentes. Los trabajadores productores somos ahora trabajadores consumidores a los que se nos mantiene más alienados que nunca, no por el consumo, como creen las almas de cántaro, sino por unos medios de producción más ajenos a nuestras decisiones que nunca lo estuvieron. El comunismo del futuro será democrático y liberal o no será; somos nosotros quienes hemos de reivindicar el liberalismo y el libertarismo porque sólo podemos vivir en libertad. Las dictaduras comunistas del pasado no dejan tras de si otra cosa que un desierto moral, y no han sido los Estados Unidos quienes han hecho de esos países un vivero de gángsters y de prostitutas baratas. Hemos de volver a mirar a la Ilustración y el radicalismo democrático del siglo XVIII, con Tom Paine y los revolucionarios norteamericanos del 1776 como inspiración. Hemos de olvidar a los oportunistas cínicos y parasitarios que dicen hacer políticas e ideas de izquierdas cuando lo único que hacen es seguir jugando al ajedrez del enfrentamiento de bloques bajo otras excusas. Hemos de defender el futuro del planeta mediante la promoción de la investigación científica que libere conocimiento y nuevas fuentes de energía y no con ridículos miserabilismos que ya fracasaron en manos de los anarquistas infantilistas del siglo XIX. Hemos de inventar nuevas herramientas teóricas y prácticas con las que devolver la dignidad a una política que hace que el programa Polonia no sea un espacio humorístico sino una estricta crónica de actualidad.
Otro artículo inteligente: Dos izquierdas, por Jordi Borja.
Ilustración: cartel electoral del Partit Socialista Unificat de Catalunya; reproducción tomada de Metiendo Bulla, ya que me harté de pegar montones de ejemplares en papel en las paredes.
El término castración química es una exageracion, que va bien para escribir un titular pero no para describir lo que quiere denotar: un tratamiento hormonal que inhibe el deseo sexual. La combinación Sarkozy + periodistas de gatillo fácil es fatal para la precisión. El flamante presidente francés ha empezado a calentar la rentrée lanzando un cohete con esos colorines que --él lo sabe bien-- gustan tanto a la derecha ávida de ley y orden como a la izquierda que aspira a orden y ley. El mismo día que se publicó la propuesta de Sarko --someter a tratamiento forzoso a pederastas y violadores-- algunas oficinas de la Generalitat de Catalunya vinculadas con la salud y el bienestar social reaccionaron con ronroneos de buena acogida; el ex ministro del Interior de la vecina república sabe muy bien que el populismo no es sólo terreno de caza de las derechas sino que hay una izquierda deseosa de servir a la población tranquilidad y buenos alimentos. Y así vamos avanzando hacia una sociedad en la que la seguridad gana terreno a la libertad, pasito a pasito, eso sí, porque todos estamos de acuerdo --lo digo sin ironía-- en vivir en una sociedad más segura y librarnos de según qué enojos.
Cuando puntualizan que semejante castración no es tal sino un tratamiento hormonal, algunos comentaristas indican que no hay para escandalizarse tanto de ella, aludiendo a quienes ven en el caso una extralimitación de la justicia penal. Arguyen, con razón, que no se trata de que se empiece castrando químicamente a los delincuentes sexuales y se acabe cortando las manos a los ladrones. Claro que no; es algo mucho peor: se empieza legalizando la intrusión operativa en los cuerpos de los ciudadanos y se acaba utilizando la psiquiatría penal como arma de ley y orden.
Exageración por exageración, me parece más plausible la segunda: ahí está el internamiento en un psiquiátrico de una periodista que critico a Vladimir Putin por el asesinato de Anna Politovskaia. Por supuesto que no existe tal amenaza entre nosotros. Pero sí otra: los poderes públicos que se quieren progresistas consideran que la ciudadanía debe ser educada en un mayor civismo, y se aplican a la tarea sin incorporar los exquisitos escrúpulos que existen en otras sociedades, de raíz cultural protestante y con historia de individualismo democrático, donde hay una justificada prevención ante la intromisión del estado en las libertades personales.
Esa vocación de pedagogía social deviene inquietante cuando se suma a una exigencia pragmática: ofrecer a la ciudadanía sensación de seguridad y de que se esá trabajando en lo que la preocupa. Reducido el ciudadano a la condición de votante cuatrienal, desprovisto de armas para la acción sociopolítica, le resta sólo el asentimiento o el rechazo. ¿Y quién va a discrepar de lo que, a primera vista, se hace por nuestro bien? El ciudadano honrado y bienintencionado que no es activo en el debate y la lucha sociopolítica "sabe" que los violadores han de ser castrados como sea, que los incívicos han de ser reprimidos, que los inmigrantes traen delincuencia y que las antenas de telefonía móvil provocan cáncer. Los gobiernos progresistas proveen medidas de seguridad pero no el necesario debate social sobre el equilibrio entre seguridad y libertad.
Hace unos cuantos días, con motivo del cumplimiento de pena de un violador, se propuso con toda seriedad no ponerle en libertad a causa de la "presunción fundada" de que volvería a delinquir. Es decir, rechazamos la guerra preventiva pero admitimos la penalización preventiva con todo el desparpajo. La castración química es una penalización preventiva pero mucho más: es la intromisión del Estado en el espacio personal somático inviolable del ciudadano democrático, último reducto, junto con la conciencia, de la libertad y la dignidad personal, motivo por el cual las leyes democráticas y los seres civilizados abominan de la tortura, tanto la física como la psicológica. Propóngala la derecha autoritaria o tolérela la izquierda benevolente.
Texto de un dibujo crítico publicado en El Periódico de
Catalunya el 14 de agosto, junto a una caricatura de Lluís Maria Xirinacs: “Una
nación nunca será libre si sus ciudadanos necesitan matar para imponer sus convicciones”.
Texto de la esquela mortuoria publicada el 13 de agosto en
el diario Avui: “Lluís Maria Xirinacs fa ver el seu darrer acte de sobirania
davant el Taga vivint la pròpia Transfiguració
(Los subrayados son míos).
Tengo cuatro imágenes en la memoria:
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