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08/09/07

Mi repulsión por la ópera

Los comentarios en mi anterior post sobre Luciano Pavarotti me animan a seguir escribiendo sobre el tema, para reflexionar por escrito sobre algo que puede parecer extraño: aficionado como soy a la música, de todos los estilos, siento una repulsión visceral por la ópera (aunque hay algunos pasajes musicales, sobre todo de Wagner, que me interesan). Las representaciones operísticas me parecen invariablemente ridículas, y lo que muchísima gente considera un punto culminante de la cultura, un intento fallido. No es que piense que la ópera esté pasada de moda; ahí están tantísimas personas alimentando sus circuitos comerciales, tan pujantes, por lo menos, como los del rock –y con un número no menor de mafiosos moviendo el negocio—sino que creo que está suplantando a un posible “arte total” que un día el entusiasmo de la modernidad quiso buscar.

El arte total que la camerata florentina pretendió emprender es hoy el cine; no hay más vuelta de hoja. Queda por ver si lo seguirá siendo, dado el extravío de la industria norteamericana actual. La ópera se ha quedado meramente en música, y como hecho musical es tratada. No creo que nadie pueda considerar críticamente con seriedad la ópera como representación teatral, ya que lo que vemos en escena no son actores sino cantantes. Si aspirasen a serlo, con sus modos, serían la rechifla del colectivo interpretativo mundial. Los libretos y argumentos son historietas que mezclan el cómic y la fotonovela: héroes, tragedias y amores frustrados. La escenografía es mera decoración, y más vacua aparece cuando el metteur en scéne aspira a “revolucionarla”; esos profetas con cabezas cortadas, chulos y violadores, tazas de váter y otras estampas no aspiran más que a épater le bourgeois y a hacerse un hueco en un negocio de fieras, donde lo que impera es el culto al gigantismo circense, aunque sea a nivel de registro vocal. Ya se sabe que la naturaleza imita al arte, pero es inquietante ver cómo ciertas divas de la vida real se empeñan tanto en parecerse a la Castafiore imaginada por Hergé.

La ópera no ha resultado ser arte total pero ha conseguido ser otra cosa, no menos importante: la culminación del espíritu del pop. Cuando los Beatles y los Who pretendían crear algo que fuera más que una serie de canciones independientes una de otra estaban buscando, sin saberlo, algo muy parecido a la ópera. Tommy fue calificada, justamente, como ópera rock, y por eso hubo de ser representada en el cine por dos personajes como Elton John y Tina Turner, reencarnaciones de cierto espíritu del divo musical. El kitsch del atrezzo de Elton es un kitsch perfectamente canónico en ese sentido; las minifaldas de la casi heptagenaria Tina, también. No por casualidad lo de Montserrat Caballé y Freddy Mercury fue amor a primera vista; el rock más espectacular ha buscado en escena el espectáculo total, luces, humo, efectos y vatios, emoción colectiva y catártica, exceso romántico y temáticas inanes. La fidelidad y vehemencia de los fans del heavy metal son, en su ingenuidad y entusiasmo, enormemente semejantes a las de los fans de la ópera; aquéllos se extasian ante un riff de guitarra efectista, altisonante y vacuo y estos se conmueven con el “sentimiento” con que son cantadas las arias.

El éxito de los tres tenores fue la consecuencia natural de todo eso. Todos ellos enseñaron el plumero: sus gustos en música pop moderna se sitúan en lo más retrógrado de la época pre rock de los 50. Cuando a alguien con la formación musical de Plácido Domingo le gustan las canciones que le gustan, o bien algo falla o bien alguien está timando a alguien. Cuando un guitarrista de blues y compositor como Keith Richards dice y hace las tonterías que dice y hace en público se nos muestra el verdadero alcance de la música que representa. Digámoslo claro: la letra de Imagine, de John Lennon, considerada un himno generacional progresista, es la más compacta trabazón de lugares comunes, superficialidades y conceptos grandilocuentes expresados acríticamente mejor conseguidas en las últimas décadas, a excepción quizás de la obra de Giovanni Sartori y José Saramago.

La ópera, que quiso ser un testimonio completo del espíritu de un tiempo –Verdi lo tuvo muy claro—se quedó en música pop; las corrientes musicales “serias” fueron por otros caminos hasta llegar a los callejones sin salida de la atonalidad y la dodecafonía. El gigantismo pop rock ha acabado por estallar, y con él, su industria; la música popular urbana de hoy se ha segmentado al máximo y mientras sus diversas ramas buscan conexiones con lo popular de otras culturas o en los caminos abiertos por las tecnologías, en su mayor parte regresa al punto de partida previo al rock: los beatniks, ¿recuerdan? La Castafiore de hoy es Mick Jagger, y la música popular va por otro lado. Bruce Springsteen, que es listo, lo ha entendido y ha corrido a refugiarse bajo las frondosas ramas de Pete Seeger y Woody Guthrie.

Falta, sin embargo, una clave de bóveda para comprender por qué la ópera subsiste como industria y como hecho cultural (que lo es, con todas sus consecuencias y sin dejar aparte esas cualidades que observo en ella). Y es la siguiente: en el camino de la modernidad hacia ninguna parte, la Cultura ha sustituído a la Religión. La cultura es la religión del estado moderno, y a ella se trasladan funciones, ritos y oficios que otrora correspondían a lo sacro. Empezando por la atribución de cualidades redentoras, hecho desmentido por el gran número de melómanos que poblaban las filas de los jefes de los campos de exterminio nazis. No fue Stalin o Hitler quienes lo entendieron mejor, sino De Gaulle: la cultura es la religión oficial de la república francesa, pues el viejo general tuvo una intuición genial. La cultura iba a ser la diplomacia paralela, en toda la regla, de ese país. Mientras con una mano Francia promueve el tráfico de ideas, argumentos, corrientes culturales, con otra mantiene una potencia nuclear impresionante y una capacidad de intervención militar y económica en Africa no menos sensacional; consigue culpar al todopoderoso imperio americano de los males globales sin que ningún ciudadano progresista ponga en cuestión su contundente poder militar nuclear. La incesante producción de pseudoideas a cargo de Ignacio Ramonet no puede entenderse si se hace abstracción de su función de maniobra de distracción.

 Otro día comentaré otra cuestión no menos jugosa, la razón de ser del llamado arte moderno: la creación de un sistema monetario paralelo, a cargo de las élites plutocráticas a partir de los cracks bolsísticos de los años 20, en el que la producción de cuadros y esculturas cumple la función de acuñación de moneda y los grandes museos, la de los bancos (Véase como unos y otros tienden a presentarse de modo que, también, recuerda a los templos. Cuando Zapatero se reúne con Botín manda el mensaje de que cuenta con la aprobación del Papa de la religión del dinero. Las señoras de los sumos sacerdotes de la religión del dinero se dedican al arte y convocan concursos de interpretación musical).  La ópera sirve para que la sociedad se crea reflejada en un mundo "moderno" de sentimientos, heroísmo y sacrificio, donde aún es posible el "gran arte" liberador, que ya no existe más si es que alguna vez fue. Bertolt Brecht y Kurt Weill entendieron bien eso, pero no pudieron revertirlo. Aunque Mahagonny sigue inquietando.

03/05/07

Castellers virtuales

Un grupo de castellers ha creado un juego en línea que permite crear colles castelleres virtuales y ensayar y actuar con ellas cada semana. No tengo tiempo para apuntarme, pero me gustaría: hace muchos años formé parte de la Colla Vella de Castellers de Sitges y me lo pasé de miedo. Hacer castells es una de las actividades de cultura tradicional-popular más divertidas y estimulantes, y un fenómeno social que va más allá del folklore. Miro la web del juego y encuentro algo que me sorprende y me encanta: los nombres de las colles inventadas son mucho más cachondos que los de de las de verdad: Els musculosos del Pelayo, Els dropos de Vilassar de Dalt, Cagamandurries del Baix, Ganasus del Lokal, Xungos de Viladecamell, Xicots de casa meva, Marcianus de Sant Just, Colla Joves de la URSS, Outconsumers de Súria, Bastos de Vic, Hobbits de la Comarca, Xiquets de més enllà de la font de l'avellaner, Pelacanyes de Roquetes, Caragols del Segruà, y así sucesivamente.

Siempre me ha llamado la atenció de cómo el folklore mata las tradiciones haciendo ver que las conserva: probablemente son los castells y la cocina familiar los dos únicos elementos de cultura popular que han conseguido escapar a ese destino. Véase el drama de la sardana, que no ha conseguido hallar su lugar en la sociedad globalizada culturalmente, contrastando con la eclosión de la world music, que hace revivir fenómenos como la música agrupada en torno al Tradicionàrius o los encuentros de acordeonistas de Arsèguel, impulsados por el genial Artur Blasco.

Claro que la sardana, en su momento un invento genial de Pep Ventura, llamado a evolucionar, fue promocionada artificialmente a danza nacional de Catalunya por el clero, para hacer de ella un cortafuegos que impidiese la difusión aquí del vals y la polka, que arrasaban en Europa. Esa reaccion puritana fue, entre otras cosas, lo que condenó a la sardana a la congelación, y, aún más grave, hizo que se despreciara a las verdaderas músicas populares del país, de las que aún quedan reminiscencias muy vivas en el Delta de l'Ebre. No es una blasfemia decir que la canción popular de los Països Catalans es la jota.

02/12/06

B de Beatles y Bond (2)

Mientras un pingüino bailarín bate en taquilla a la nueva Casino Royale, el regreso de James Bond se produce en medio de un siniestro baile de fiambres radiactivos sobre una trama extendida por las delicias de la Rusia postsoviética. ¿Ajuste de cuentas entre (post)espías o sutil advertencia de Putin a la ronroneante Europa?: "Sigan como hasta ahora, sin decir ni pum sobre lo que hago en mi trastienda chechena, Politovskaia incluída, y vean que la acción bien entendida no conoce fronteras... ni zarandajas de perfumes y dentífricos en los controles aeroportuarios".

El regreso fantasmal de James Bond resulta, así, nostalgia, ese láudano tan del gusto de las sociedades cómodas. Nostalgia de la guerra fría y del equilibrio del terror, en el cual el desorden mundial quedaba limitado por líneas que nos mantenían en las fronteras de lo previsible. Las novelas de John LeCarré (las buenas, no las mierdas que escribe ahora) mostraban el rostro humano de los condottieros de los servicios secretos, el secreto convencimiento de que el factor humano podía servir, en última instancia, para evitar que todo se fuera al carajo. Las de Ian Fleming, y sobre todo las películas de Salzman-Broccoli, por su parte, nos hacían sentir en un mundo en el cual, qué caramba, no se estaba tan mal a este lado del muro de Berlín, y en el que, en última instancia, la amenaza no provenía de la gerontocracia del Kremlin sino de una tercera agencia que desequilibrase aquello tan desequilibrable que estuvo a punto de ser desequilibrado en la crisis de los misiles de Cuba.

Las películas de James Bond compartían con la música de los Beatles algo que, visto desde aquí y ahora, es muy notable: una eclosión de nueva energía y confianza de las generaciones posteriores al fin de la guerra mundial. Los mamporros de Sean Connery y los vigorosos acordes de los Beatles; la promiscuidad sexual de las chicas Bond (¡Pussy Galore, qué nombrecito!) y el frenesí calentón del público adolescente visto en A hard day's night; la tecnofilia de los gadgets bondianos y las sorpresas sonoras que Lennon y McCartney iban sacando del sombrero, elepé tras elepé; el bikini de Ursula Andress y el acrónimo de Lucy with the Sky with Diamonds. Baby boom versus era del SIDA; psicodelia versus cambio climático; flower power versus jihad. Tiempos en que la sangre no llegaba al río ni se vertía sobre el puente de Mostar; a lo sumo, a escondidas, en un rincón cercano a la puerta de Brandenburgo. Markus Wolf ha muerto beneficiándose de la imagen de Karla mientras la OTAN acaba de celebrar su primera reunión en tierras rusas.

La diferencia es que los jóvenes británicos tenían tras de sí, en las cocinas del estado, a patriotas fogueados en la defensa de sus islas. George Martin fue uno de aquellos jóvenes pilotos de la RAF que frenaron a los nazis en la batalla de Inglaterra (chavales de 15 o 16 años reclutados en los institutos porque cabían mejor en las exigüas cabinas de los Spitfires).  Nosotros, en cambio, gozábamos de la perversa mezcla de unos ex aliados de Hitler bendecidos por Eisenhower (aun en 1981, el halcón general Alexander Haig dijo que el 23-F era un asunto interno nuestro). Y nunca fuimos conscientes de que el Kremlin disponía de planes estratégicos potencialmente operativos para, en caso de desequilibrio, avanzar hacia el oeste hasta el Atlántico. (El pacifismo y no intervencionismo español actual es fruto de aquella excepción y aquella inopia, que aún perdura).

Iremos, pues, a ver a Daniel Craig recordando que el relator de la ONU considera escandalosa y excepcional la corrupción inmobiliaria en España, aunque, eso sí, estamos salvados: nuestra juventud de vanguardia cree que eso se combate haciendo juegos malabares en las fábricas abandonadas. A veces creo que aquella alegre inconsciencia beatliana nos ha dejado una herencia maldita (lean la letra de Revolution y entenderán que se puede ser un líder juvenil y al mismo tiempo un imbécil político). En el nuevo desorden mundial no hay escudos protectores y, como decía aquél, ni siquiera sabemos si somos de los nuestros. Nadie ha creído conveniente manifestarse contra los movimientos nucleares iraní o coreano, al contrario: quienes marcharon --justificadamente-- contra la intervención en Iraq y se consideran antinucleares aquí consideran justificado que "los pobres de la Tierra" (forrados de petrodólares) dispongan de esa energía. Putin, tú tranquilo por lo de Chechenia, macho.

Para conocer el verdadero entramado del verdadero riesgo nuclear y armamentista actual, nada mejor que leer esta crónica de Rafael Poch. Verán como lo del polonio adquiere un nuevo cariz.

22/11/06

B de Beatles y Bond (1)

(Clip promocional de Love)

Coinciden dos revivals inquietantes: Beatles y Bond, James Bond. Presentación del espectáculo Love del Cirque du Soleil con la música beatliana remezclada por George Martin y su hijo. Estreno de una nueva Casino Royale con Daniel Craig sentado en el trono de Sean Connery.  Es como una pesadilla, una broma pesada de la postmodernidad líquida que nos devuelve los iconos de los modernos 60 envueltos en nieblas fantasmales. Creo que es algo muy distinto de un revival;  en la postmodernidad líquida no hay lugar para ellos: se convierten en algo parecido a un mal trip, una visión en estado de duermevela, un trompe l'oeil, un paseo por un salón de espejos de un parque de atracciones.

He ido escuchando por ahí algunos fragmentos del max-mix de los Martin, y si todo es como eso, se tratará de un inane juego manierista. O algo peor: desproveer de toda intención y genio a los distintos matices musicales que los Beatles fueron hallando en su persecución de lo imposible que acabó en estallido. Ahora que tenemos cierta perspectiva, vemos que el modelo de la música pop era la ópera; las letras del pop inglés de los 60 son tan estúpidas como los infumables libretos de las historietas de amor y desamor que se representan en los escenarios operísticos. El pop buscó lo que buscaba Verdi: representar la nueva energía vital de un pueblo (o una generación erigida en tal) y fueron los Who quienes inventaron el disco conceptual y la ópera pop; Tommy, el as del juego del millón sordociego es un héroe que representa ese esfuerzo de superación y redención tan verdiano.

La exploración sonora beatliana iba por caminos semejantes. Las guitarras y la batería no eran suficientes para conseguir la lírica hipertrofiada de un pop en busca de convertirse, como la ópera, en un arte total. Pero nunca hubo nada gratuíto en lo que primero fueron tímidas ilustraciones musicales que asomaron en Rubber Soul --el clavicordio en In my life, la cítara en Norwegian wood  o el bajo distorsionado en Think for yourself-- y eclosionaron en el delirio psicodélico de A day in the life. No fue gratuíta la cítara de Ravi Shankar sino la búsqueda de una expresividad lírica que necesitaba saltar por encima del pentagrama occidental, ni lo fue la charanga de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, para sugerir una mirada tierna hacia el entretenimiento popular británico de calle y circo que en realidad era un claro mensaje: buscamos el nuevo entretenimiento popular, espontáneo y total, somos la nueva kermesse de las nuevas generaciones, reconocemos nuestras raíces en la lírica de las alegrías y penas de la vida cotidiana y el plácido transcurrir de la vida cotidiana, explicado en When I'm sixty four, Penny Lane o Obladí, obladá. Nadie como los Beatles y Pink Floyd aspiraron al espectáculo total que residía en el corazón de la gran promesa lírica pop.

El mundo sonoro de los Beatles no son ilustraciones musicales, divagaciones con juguetes musicales o piruetas circenses para levantar oooohs! de admiración. Visto con perspectiva, todo está en su sitio. Salieron al cine con Richard Lester en busca de un modo posible de hacer en los 60 y en su papel lo que antes hicieron los hermanos Marx, y aportaron la enorme energía de A hard day's night, all my loving o Tell me why; persiguieron un nuevo estilo de aventuras audiovisuales no sólo en Help! sino en Magical Mystery Tour, una insólita experiencia en televisión; quisieron llevar a los dibujos animados la nueva fantasía psicodélica con Yellow Submarine (y los Monty Python lo hicieron tan bien que remataron la faena); inauguraron las emisiones de Mundovisión con All you need is love, de modo que sus voces y su estilo coral estuvieron al servicio de un himno que no sólo se remonta a Verdi sino a Beethoven y Mozart  (ese himno hippie parece un canto masónico), y tras Sgt. Pepper''s explotaron porque la persecucion del mensaje total era asfixiante y no se puede aguantar semejante tensión.

Por ese motivo los Beatles no fueron genios; si lo hubieran sido hubieran hallado lo que buscaban, como lo hallaron, en sus respectivas medidas, Mozart, Beethoven, Verdi o... Wagner. La ópera total de la era total ha sido imposible. Por eso los fragmentos del estallido han desaparecido de escena (Emerson, Lake and Palmer, Supertramp, Genesis) y llegó la new wave y el punk; a la carga otra vez con las guitarras, entre la bronca y el norromanticismo (el punk también es romántico, véase Frankenstein).

Por eso es importante comprender la coherencia del significado de todas las piezas de los micromosaicos beatlianos. Y subrayo lo de la voluntad de construcción de mosaicos; véase la portada de Sgt. Pepper's, que nos presenta a los rostros del siglo, desde Marilyn hasta Sri Yukteswar, el gran yogui y ser realizado que fue el ancestro espiritual de Paramahansa Yogananda y Vivekananda, los primeros yoguis modernos ilustrados y progresistas de la modernidad, con Sri Aurobindo. Esa portada coral indica la voluntad beatliana de erigirse en coro de la humanidad, es un aquí estamos en toda la regla.  Pero la misión era imposible,  y no sólo por razones de relaciones personales, o por divismo artístico, o por las trampas de la industria del espectáculo y la fama. Los Beatles eran modernos y no postmodernos: querían también asaltar el cielo, como todo héroe moderno que se precie, traspasar las puertas de la percepción y sanar la herida fruto de la escisión entre lo individual y lo colectivo, lo material y lo espiritual, lo cotidiano y lo trascendente; ir al rescate del niño (interior) que uno fue; llamar a la paz de las naciones y de los corazones y señalar hacia un mundo --¿Pepperland?-- donde se realiza el Apocalipsis de nuestra cultura cristiana: "Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra". En plena posmodernidad, la tensión continúa, soterrada, porque la promesa que Juan vió en Patmos está viva. Mientras, las mezclitas de los cojones perpetradas por el hijo de George Martin (éste no se ha enterado porque se ha quedado sordo) indican que aún hay gente que no se ha enterado de nada.

16/07/06

Superman, el heroísmo y nuestra cultura

Christopher_dana_reeves_1 Como no hay mal que por bien no venga, el intento de renovar el éxito de taquilla de las películas de Superman me trajo anoche la oportunidad de ver de nuevo por TV el primer film del superhéroe, protagonizado por Christopher Reeve.  Los superhéroes de mi niñez fueron Superman, el Capitán Trueno, el profesor Lidenbrock (Viaje al centro de la Tierra),  Sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzin Norgay, porque entonces aún no se había inventado el neopuritanismo pseudoizquierdista y por lo tanto aún creíamos que era bueno que los buenos venciesen y que los gobernantes no se creyesen directores de guarderías para adultos.  Supermán nos gustaba no porque fuese poderoso, sino porque superaba las dificultades, vencía al mal y ayudaba a los débiles. Aún no había llegado esa corriente de pensamiento que comenzó con Armand Mattelart llamando a combatir al superhéroe como agente ideológico del imperialismo y terminó con Ignacio Ramonet glorificando al superhéroe Fidel que obró el milagro de transformar una revolución en una infamia.

Cuanto más reflexiono sobre Superman más me maravilla la capacidad de la mente y la civilización humana para hacer revivir constantemente los mitos que dicen más de nuestra condición que todas las ciencias naturales juntas. Cuanto más me aproximo a la ciencia más me convenzo de que la vida humana es una narración, que el hombre necesita narrar y narrarse para existir en un mundo humanizado. Con Superman renacen por enésima vez, en plena era de la cultura pop de masas, arquetipos y mitos fundacionales que hablan bien a las claras de nuestro paradigma civilizacional, de nuestras aspiraciones, limitaciones y sueños.

El camino iniciático de un héroe extraterrestre

Nacido en el planeta Krypton (cripto = desconocido u oculto, en griego), Superman es Kal-el, el hijo de Jor-el, un científico que, ante la inminente destrucción de su mundo, introduce a su hijo recién nacido en una pequeña cápsula espacial y lo lanza al espacio para que la fortuna le haga alcanzar un planeta habitable. La pequeña nave aterriza en un pueblecito del estado de Kansas, donde es hallado por los Kent, un matrimonio sin hijos, ya mayor, quienes le reciben como un regalo del cielo, le adoptan, bautizándolo como Clark, y le educan protegiéndole de su singularidad: los superpoderes que adquiere fortuitamente al vivir en un medio distinto al del de su nacimiento.

Clark Kent es educado por sus padres adoptivos en los mejores valores del altruísmo y la solidaridad, pero su adolescencia es difícil y diferente: si muchos jóvenes en edad púber se sienten como marcianos, él es, al fin y al cabo, un extraterrestre. Más aún porque durante su viaje interestelar, aún bebé, recibe las enseñanzas de su padre por métodos subliminales, unas enseñanzas que le encaminan hacia su destino: ser un lider altruista en medio de un pueblo capaz de lo mejor y de lo peor, pero dotado con una insólita capacidad de hacer el bien. El pequeño Kal-el es instruido para poner sus poderes al servicio de la comunidad.

En el hogar de los Kent, Clark vive una vida modesta y frugal, basada en el estudio, el trabajo y la austeridad, en la que no puede permitirse ser un tarambana como sus compañeros sino que debe administrar prudentemente su singularidad y su responsabilidad. Al morir su padre, cumple con el cánon establecido por la tarea del héroe: buscar inspiración e iluminación, y pasar una prueba iniciática.  Con un anorak y una mochila marcha, cómo no, hacia el Norte, ese norte de montañas altas y aire limpio, quizás Shamballa, "donde la voluntad de Dios es conocida", o aquellas montañas del Himalaya que inspiraron a Nicholas Roerich.

El joven protohéroe cumple con la tradición iniciática y sufre la primera prueba, la de la Tierra, obedeciendo al lema masónico V.I.T.R.I.O.L.: Visita Interiora Terrae Rectificandoque Invenies Ocultum Lapidum, Viaja al Interior de la Tierra y Rectificando Hallarás la Piedra Oculta. Clark halla en una caverna helada la piedra oculta de su corazón cuando, gracias a los cristales que almacenan información (una bella alusión a la supuesta tecnología atlante de tiempos igualmente míticos) y le ponen en contacto con la mente imperecedera de su padre.  Clark cumple con la prueba del agua (congelada) al encontrar su refugio inspirador entre el hielo (el dominio de sus emociones) y con la del aire al viajar inmaterialmente por el espacio y ver revelársele el drama de la Historia. Supera la prueba del fuego cuando la alquimia interior se realiza, haciéndose verdad la llamada cristiana intemporal: convertir su corazón de piedra en corazón de carne al ser bautizado con el fuego de la compasión por los seres humanos.

Humildad, prudencia y conciencia de la finitud como camino

Terminada su iniciación, Clark Kent deja su pueblo para instalarse en la gran ciudad, donde encuentra trabajo como reportero en un gran diario, el Daily Planet. Allí deberá practicar la virtud de la humildad, convertido en un hombrecillo gris, casi un personaje de las películas de James Stewart, sobrellevando con dignidad una limitación autoimpuesta por su responsabilidad. Y es entonces cuando el héroe entrará en contacto con el verdadero drama humano:  para poner sus superpoderes al servicio de la humanidad debe proteger su vida cotidiana como humano, pero el precio es generar una doble personalidad. Ello le lleva a vivir, por una parte, como un superhombre, capaz de realizar cualquier proeza, y por otra, a asumir voluntariamente las limitaciones físicas de sus conciudadanos. De ello resulta un conflicto existencial: ama en silencio a una compañera de trabajo que ni siquiera se fija en él, pero que está fascinada por Superman, a quien considera su ideal de hombre y un novio inalcanzable.

Superman, sin embargo, tiene un talón de Aquiles: el contacto con algun pequeño meteorito de materia proveniente de Krypton --la kryptonita-- le despoja automáticamente de sus poderes y le debilita hasta poner en peligro su vida. Los villanos con los que debe luchar llegan a conocer este punto débil y así, la lucha de Superman tiene lugar en diversos frentes: el combate contra el mal y la defensa de los débiles; la protección de los ciudadanos frente al crimen organizado; evitar la influencia de la kryptonita, y vivir en la angustia de una forzosa doble personalidad que le impide amar y ser amado.

La amenaza mortal de la kryptonita, sin embargo, es su salvación como persona. Igual que el protagonista robot de El hombre bicentenario, aprende que sólo puede ser aceptado como ser humano si comparte con él la finitud. Sólo es líder y héroe si pone su poder al servicio de la comunidad; sólo es humano si es consciente de que puede morir; sólo vive hombre entre los hombres si acepta la herida que escinde a toda persona.

El héroe de mil caras

Como todo héroe verdadero, Superman es muchos héroes a la vez, y haberse convertido en el primer gran superhéroe de fama mundial en la cultura de masas no le ha privado de ello. Al héroe se le admira, pero también debe compadecérsele: en él se proyecta la visión de las virtudes que no podemos alcanzar, y puede protegernos de nuestros propios males, pero nos conmueve su condición de doblemente huérfano, de genio voluntariamente oculto y de enamorado sufriente; sentimos empatía con él y le acogemos como uno más (como pasa con ET) porque su tragedia personal le hace ser uno de nosotros. ET añora "su casa"; Superman no puede casarse.

El mito pop de Superman resume, así, los mitos principales de orfandad, salvación, redención y escisión personal que ha generado nuestra cultura:

Es Moisés: abandonado azarosamente en aguas desconocidas y hallado por una nueva familia que le hace vivir en un país diferente. Se convierte en líder y adalid de su nueva nación, la salva de la esclavitud y la enseña el correcto modo de vivir según na ley, pero, huérfano hasta el final, no puede entrar en la Tierra Prometida.

Es Prometeo: se rebela contra las limitaciones físicas humanas y asalta el cielo para robar el fuego a los dioses y dar así poder a los hombres. Ello le cuesta ser encadenado y torturado sin fin por un ave que le come las entrañas (la escisión vital y la doble vida).

Es Jesús: hijo del cielo, es mesías y salvador del género humano, con una condición especial, divina y humana a la vez (como Superman-Clark). Su misión le resulta fatal, pues pierde la vida en ella, pero resucita y libera a la humanidad del pecado.

Es Hermes, el de los pies ligeros, pues vuela. Medio dios y medio hombre, sabio, bueno y astuto. Como él, Superman adopta un disfraz para poder realizar su misión, mostrando que la astucia es el mejor aliado de la fuerza.

Es Quirón, el centauro herido: para poder sanar y enseñar a los hombres hay que haber sido primero herido y conocer el sufrimiento y la añoranza.

Es Song Wukuong, el emperador mono de las leyendas chinas (reflejado en el Son Goku de Dragonball Z): el líder iluminado que guía al pueblo debe estar dotado de espíritu de lucha y sentido práctico, y saber, como los protectores furiosos del Dharma o los guerrilleros de la Resistencia francesa o española, que los malos sólo retroceden ante la fuerza (y no, como creen los pedagogos perniciosos, que todo puede ser razonado con todos; Gandhi triunfó porque frente a él tuvo al laborista Atlee y no al nacionalsocialista Hitler).

Vemos, pues, que la crisis de nuestra civilización pasa, entre otras cosas, por haber olvidado la lección del héroe de las mil caras, que Superman nos devuelve una vez más, ante la cual, los tontos, en vez de mirar a la Luna del reto humanizador miran al dedo del envoltorio cultural en el que la lección se da.

Superman y Christopher Reeve: encuentro con el Destino

La lección más ignota de todas, sin embargo, escapa por completo a nuestro tiempo y a nuestra cultura.  Se encuentra en las enigmáticas palabras de Jor-el al despedir a su hijo: "Y el padre se convertirá en hijo y el hijo en padre".  Se trata de la espinosa cuestión del Destino, el Gran Olvidado, el Espantajo Tremendo al que nadie de nosotros reconoce ni siquiera quiere concebir, y que, sin embargo, era la cuestión central entre nuestros Antiguos, quienes nos legaron el tremendo hallazgo de saber que la vida humana debe ser narrada para ser vivida.

El Destino era fundamental en los albores de nuestra civilización. Enigmático, huidizo e inevitable, a ellos les justificaba y a nosotros nos escandaliza (de ahí el horror ilustrado ante la astrología, el tarot o las mancias).  Otras civilizaciones han aprendido a convivir con él:  es el Sabio del I ching ante el cual el hombre debe ser virtuoso, humilde, prudente y oportuno. Pero nosotros lo hemos expulsado de nuestro mundo, y él se venga cada día en cada portada de periódico e informativo de televisión.

El Destino es peligroso y terrible, y a veces hace que se crucen los caminos de la vida del hombre sobre la Tierra y los caminos de las narraciones creadas por él: le sucedió a Juana de Arco. La historia de Superman transcurre de la ficción a la "realidad" con la historia de Christopher Reeve, el actor que mejor le encarnó y le asumió (obsérvese su manera de mirar cuando interpretaba el personaje).

Reeve se tomó en serio su papel de Superman, y cuando uno se mezcla con lo heroico arquetípico se rasga el velo del Templo: sucedió en la Crucifixión. Le sucedió a Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, que mientras proponía a los jóvenes españoles de los 50-60 un héroe caballeresco y estaba llamado a ser un autor de éxito, conocía la cárcel por su militancia comunista y luego el exilio, y la desposesión de sus derechos de autor. Victor Mora nunca fue rencoroso ni amargado, y recientemente ha superado una severa enfermedad neurológica que, en su vejez, ha hecho de él un hombre aún más bueno.

Tetrapléjico a raíz de un accidente de equitación (el caballo es una montura heroica), Christopher Reeve demostró una fuerza moral fuera de lo común. Comenzó por recuperarse a si mismo, y asumió con toda naturalidad la desvalidez de quien fuera galán de cine exitoso y admirado. No sólo dio ejemplo moral con su capacidad de autodisciplina y recuperación sino que puso su ordalía al servicio de la colectividad, al liderar ambiciosas campañas cívicas que pusieron en evidencia a la derecha reaccionaria ultrarreligiosa que limita la experimentación científica que puede salvar vidas. Reeves era miembro de la Asociación Unitaria Universalista, la iglesia liberal y progresista --la única presidida por un pastor negro en EE UU y que incluye ateos y agnósticos-- y desde ella dio testimonio de humanismo, espiritualidad, apertura y solidaridad (a los unitarios universalistas pertenece sir Tim Berner-Lee, el inventor de la world wide web, quien dijo que "quiero que al entrar en la iglesia tenga que dejar fuera el sombrero y no el cerebro".

En los últimos años de su vida, Christopher Reeve reflexionó sobre lo que es un héroe y llegó a algunas conclusiones.  "Antes yo creía que era alguien que lleva a cabo una acción valerosa sin considerar las consecuencias: un soldado que sale de la trinchera para arrastrar a un compañero herido hasta un lugar seguro. O alguien que ha hecho algo grande, como Houdini, Lindbergh, John Wayne, JFK o Joe DiMaggio.  Ahora mi definición es completamente diferente. Creo que un héroe es un indivíduo corriente que halla la fuerza de perseverar y aguantar a pesar de los obstáculos que resultan abrumadores".

"Y quizas sea esto lo que el mundo necesita de verdad. No superhéroes más allá de la vida, sino héroes cotidianos que perseveran ante graves dificultades, no salvadores o mesías sino amigos y compañeros que están con nosotros cuando las cosas van mal, no una verdad revelada para siempre, sino científicos e investigadores que rompen con los velos de la ignorancia y la conjetura y cada día abren un poco más nuestro mundo a la luz del entendimiento"

En su libro Nada es imposible, Reeve escribió: "Hoy es 27 de mayo de 2003, el octavo aniversario de mi accidente. Lo llamo "accidente" como opuesto a "tragedia" o "trágico error" a modo de indicación de que no culpo de lo ocurrido a mi mismo, a mi caballo, a una conspiración de los Hados. Dados todos los inexplicables actos de violencia, injusticia y crueldad, mezclados con los inesperados pequeños milagros de bondad y felicidad que vemos cada día en el mundo, estoy convencido de que la vida es caos, pero que en él tenemos el poder de establecer orden y sentido".

Christopher Reeve murió, y poco después, se fue su esposa. Como actor, nos puso en contacto con la magia de la narración heroica imperecedera revivida por el creador de Superman. Como ser humano, encarnó la conciencia de la fragilidad, la finitud y la fuerza del espíritu vivo y la mente clara. Reeve cerró, en la vida "real", la enseñanza que Superman abrió en la de la "ficción" y nos mostró el camino hacia la humanidad. Confinado en una silla de ruedas, el "padre" admirado por los públicos cinematográficos se convirtió en "hijo" desvalido, y así, devino "padre" del ejemplo del poder de las ideas de la determinación y la solidaridad.  En la persona de Christopher Reeve se realizó la transmutación alquímica: condujo la energía del ejemplo del héroe mítico hasta la evidencia práctica de la fuerza de la razón, la solidaridad, la ciencia y la acción cívica. La profecía de Jor-el de Kryptón se había cumplido.

ACTUALIZACIÓN: El Senado de EE UU aprueba la ley de investigación con células madre.

El Senado estadounidense aprobó el 18 de julio de 2006 la ley que contempla la ampliación de fondos públicos para la investigación con células madre. Este era uno de los principales objetivos por los que luchó Christopher Reeve en sus últimos años. Algunos destacados republicanos, como Arnold Schwarzenegger y la viuda de Ronald Reagan se han manifestado a favor de la medida, en contra de la posición de su partido y del presidente Bush, quien se propone impugnar la ley.

En cualquier caso, la inspiración y la determinación de Christopher Reeve han hecho ganar una batalla a la ciencia y a la acción por el bienestar de los demás.

29/03/06

Iconofilia, iconoclastia, gritos de "¡Puta, puta!" a la Dolorosa de los Siete Puñales, la canción de La Macarena y los marines de la base de Morón

Imagen1 Leo La Contra de La Vanguardia, uno de mis vicios cotidianos ineludibles, y me topo con Pedro G. Romero, artista y teórico de la iconoclastia y la iconofilia, que expone estos días en la Fundació Tàpies.  En estos tiempos en que lo audiovisual parece el centro de la cultura y la vida, aparece un onubense radicado Sevilla, "capital iconolúdica" lo que "convierte mi trabajo sobre la iconoclastia en mi catarsis imprescindible".

Algunos extractos de la entrevista con Lluís Amiguet, sin desperdicio:

Nuestra relación con las imágenes tiene sus leyes por desentrañar, y si no las desentrañamos, nos esclavizan. El que ataca a una imagen con un martillo es porque cree en el poder del icono tanto como quien lo venera. Son los creyentes quienes destrozan las estatuas y repiten en negativo su adoración: al santo cuyo talón es besado ritualmente le machacan precisamente el tobillo.

La quema de imágenes durante la Guerra Civil en Sevilla fue protagonizada por los mismos cofrades que llevaban encima del capuchón el SPQR y debajo las siglas CNT. Quemaron 18 iglesias, Macarena incluida, porque, sí, en el fondo creían en su poder.  Si las masas enardecidas quemaban vírgenes y santos, no era por descreimiento súbito, sino porque todavía seguían esclavizados por esas imágenes.

El mecanismo de iconofilia y subordinación al poder del icono es el mismo y sigue funcionando. Antes estaban los retratos y las imágenes sagradas en el comedor, mudos, pero poderosos testigos de la vida familiar, condicionándola y recibiendo persignaciones y miradas de temor, fervor y adoración de todos.


(Hoy) Tenemos la misma cajita con imágenes - ahora las estampitas se mueven- en el comedor condicionando toda nuestra existencia. Y seguimos odiando o venerando las imágenes de la pared. La tele es hoy nuestro santo en la pared. La tele es la imagen sagrada que nos conduce hasta la suprema comunión del consumo: nuestro rito más solemne de integración en el sistema.

Las leyes de la adoración icónica y de la iconoclastia siguen rigiendo el mundo y yo ando en intentar desentrañarlas. ¿O es que cree que hay mucha diferencia entre adorar a la Macarena o la imagen de Fernando Alonso? Las leyes de adoración de la imagen de la Virgen de Montserrat no difieren de las de la postración ante el escudo del Barça, por cierto, con un inquietante parecido con el rostro del presidente de la Junta de Andalucía.

La Semana Santa sevillana se carnavaliza al tiempo que los carnavales de Cádiz se sacralizan y se vuelven solemnes. El carnaval se ha congelado y se ha tomado en serio a sí mismo. Vaya a ver la Comparsa de Cádiz y verá lo grimosa que se ha vuelto y lo sentimental que resulta: en vez de charanga ya es tango y va camino de auto sacramental.

Pero Sevilla en su iconofilia es más moderna hoy, porque tras la iconoclastia calvinista, el capitalismo inaugura ahora una nueva fase iconolúdica, donde el consumo es inseparable del culto icónico que hace de la publicidad su misa incesante y ubicua, y de la televisión, su templo más sagrado.

En Sevilla sigue habiendo ritos de una sofisticación escenográfica digna de la Viena mozartiana, con misas de un solemne y depurado barroquismo, mientras dos calles más allá se recibe a la Dolorosa de los Siete Puñales bañada en llanto por su hijo muerto a ritmo casi de pasodoble, en medio de un jolgorio indescriptible entre gritos histéricos de "¡Guapa, guapa!" y "¡Puta, puta!".  En el ardor de la devoción iconolúdica, a la imagen se le grita de todo, porque, como gestora de la relación del devoto con la realidad, es origen y depositaria de todo.

Ese poder de lo local resiste a la globalización y fecunda la paradoja del mestizaje: ¿sabe usted que La Macarena, la canción, está basada en un ritmo de entrenamiento de los marines de la base de Morón?

13/02/06

La modernidad está en la periferia

Hoy se ha aparecido un Bigas Luna clarividente hasta el éxtasis en una entrevista en La Vanguardia, en la que anticipa un poco lo que será su próxima película, Yo soy la Juani.

Quiero mostrar a la Juani como un nuevo icono ibérico. Como una chica de la periferia, una joven liberada y muy moderna, que no es víctima del machito ibérico. Este tipo de chicas contemporáneas apenas se ven hoy día,  sólo salen chicas operadas y rellenas de silicona. En cambio, las juanis proceden de unas periferias que antes albergaban a gente un tanto deprimida y que vivía de las influencias de las modas procedentes del centro urbano. Hoy ocurre lo contrario. Son los jóvenes de la periferia quienes crean unas modas que son asumidas por los del centro.

Bigas ha buscado a una Juani de 18 a 20 años en un macrocásting de casi tres mil chicas:

Una de las chicas me puso la piel de gallina. A la pregunta de: "¿Qué haces los sábados?" , respondió: "El sábado me voy a casa de mi abuela, que se está muriendo, se hace sus necesidades encima y a la que cuida mi madre.  Así mi madre puede salir ese día. Yo me quedo con mi abuela,  el día se me hace muy largo. Le leo el periódico,  le cuento cosas,  la cambio. Cuando regresa mi madre yo me maquillo, me pongo la minifalda y me voy a follar, que es lo que más me gusta". Todos estábamos callados,  sin hacer ningún comentario. Ella seguía mirando hacia la cámara y preguntó: "¿He terminado?". Nos dio las gracias y se marchó.  Fue estremecedor.

03/01/06

El humanismo progresista de Charles Dickens

Charlesdickens Uno de mis escritores preferidos es Charles Dickens, porque fue uno de los creadores del moderno periodismo social (y no el autor de historias sentimentales y conmiserativas que creen los ingenuos desconocedores del capitalismo salvaje inglés decimonónico). El relato navideño de Dickens es, sin embargo, algo más que una crítica social: la fe en la capacidad del ser humano para transformarse y cambiar, mediante la percepción del sufrimiento del otro y la autoconsciencia.

Lo explica estupendamente Michael Timko en su artículo La conversión de Ebenezer Scrooge, en el blog UU Hispano. La web unitaria universalista en lengua española.  El artículo nos descubre que Dickens era unitario, es decir, un humanista religioso liberal, que añadía a su conciencia crítica social, por tanto, el rechazo del dogmatismo, el fundamentalismo y el estéril debate teológico. Descubrir a un Charles Dickens no sólo socialmente crítico sino miembro del unitarismo ha sido uno de mis regalos de Navidad.

23/11/05

Ruiz Zafón contra la literatura babosa (¡por fin!)

Zafon "Dickens o Victor Hugo publicaban sus historias en folletines por entregas, sin notas de sabios pedantes, es decir, peleaban en la calle por sus lectores, no venía ningún político a comprarles la mitad del tiraje. (...) No había esa creación narcisista que hoy se glorifica de manera absolutamente babosa en los medios de comunicación, pero que sólo puede tener 2.000 lectores porque no existe más gente que coleccione los suplementos culturales en sus casas. Cervantes y Shakespeare no fueron otra cosa que la literatura popular de su tiempo. (...) Oliver Twist de Charles Dickens da mil vueltas al 90 por ciento de la narrativa babosa que hoy se glorifica en los medios de comunicación".

¡Por fin! ¡Por fin hay alguien que habla claro y se jiña en la tontería literaria que tenemos la desgracia de padecer. Una literatura babosa secuestrada por una panda de moñas que sólo interesa a otros moñas o a los maníacos depresivos que les hacen caso. Carlos Ruiz Zafon lo dijo en el simposio Els futurs de la indústria editorial, celebrado en la recientemente inaugurada biblioteca Jaume Fuster de Barcelona.

Por lo menos un servidor no es el único que no comprende el sentido de la narrativa babosa que hoy se publica. El mundo literario de aquí y sus personajes me han llegado a resultar tan repelentes como ese persistente intento de mantener con vida el cadáver de la ópera, o el considerar artes plásticas al ingenioso sistema paralelo de acuñación de moneda inventado por los magnates financieros tras el crash del 29. Me interesó Zafón cuando descubrí su estupenda Marina, y La sombra del viento me sigue pareciendo un meritorio intento de salvarnos de la estupidez narrada. Entiendo que a muchos buenos lectores, nada moñas, no les guste (porque no se han chupado las aventuras de Fantomas, no han leído las historias de Black Mask y no saben apreciar a Emilio Salgari) pero gentes como Zafón y como Andreu Martín han tenido el mérito de recordarnos que la narrativa es vida, pasión, aventura, conflicto, deformidad, emoción y misterio. El propio Martín recordó en una entrevista publicada en junio del año pasado que "Una minoría elitista se ha apropiado de la cultura excluyendo desgraciadamente la novela policiaca y de otros géneros". Es Zafón quine ahora ha afirmado que "el 85% de la mejor literatura, la más profesional que se está haciendo en estos momentos, se encuadra en lo que algunos llaman despectivamente género".

El autor de La sombra... remacha el clavo así: "El interés de cualquier escritor que publica tendría que ser llegar a un público cuanto más amplio mejor, pero, incomprensiblemente, hay quien sólo quiere llegar a dos mil personas porque creen que el resto de lectores son tontos. Pero el público no es tonto, no se traga cualquier cosa que le digan los diarios, hay que trabajárselo y no ofrecerle productos tan por dejano de su nivel e intereses".

¿Hace falta recordar que el fenómeno Harry Potter no lo creó la industria del libro o del cine, sino los niños lectores de sus historias y el boca-orja consiguiente?

O sea, que no es que no se vendan libros, sino que no se venden los que no se tienen que vender.

Por mi parte, recomiendo a quienes conecten con esto que descubran a Miguel Larrea y sus dos lilbros: Las andanzas de Kip Parvati y Kip Parvati y la sombra del cazador, así como la trilogía de Isabel Allende: La selva de los pigmeos, La ciudad de las bestias y El reino del dragón de oro. Alguien dirá: ¡literatura juvenil, oh! Sí, al menos estos lectores no se han dejado atontar aún por los moñas. Pero todo se andará cuando se enfrenten a las lecturas obligatorias del instituto, empezando por La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda.

09/02/05

Recordando a Perich

El Col.legi de Periodistes de Catalunya inaugura estos días una exposición sobre el dibujante y humorista Jaume Perich, uno de los intelectuales críticos barceloneses más destacados de los años 60 y 70. La exposición coincide con la muestra sobre los tebeos y dibujantes de Editorial Bruguera que tiene lugar igualmente en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Lo curioso es que, antes de hacerse popular con sus dibujos y textos en semanarios como Por Favor y Hermano Lobo o en la prensa diaria, Perich comenzó haciendo secciones complementarias en los tebeos de Bruguera.

Pensar en Perich y su época --que fue la de mi juventud-- da escalofríos. Hay quien goza con la nostalgia y su culto, pero a mi me deja cada vez más perplejo la conciencia de que las gentes como yo somos testigos de un mundo que ya no existe. Hace un año, Manuel Vázquez Montalbán palmó en el aeropuerto de Bangkok, como en un tsunami de una sola plaza y a medida. Camino estos días por el barrio del Carmelo, sacudido por una de esas desgracias que sólo les pasan a los pobres, y aún reconozco el aire que se respiraba en los barrios de Barcelona cuando aún no éramos tan listos, tan guapos y tan altos. Pero cuando me acerco a mi Poble Sec natal, los niños me miran como al personaje de la canción "Per Sant Joan", de mi colega y convecino Serrat: un espectro aparecido en una tierra que ya no es.

La acidez crítica de Perich se ve hoy como un anacronismo, hundidos como estamos hasta las cejas en el neopuritanismo que algunos llaman corrección política. Y la mirada cariñosa y benevolente hacia los modestos, los indefensos y los gatos que mostraba en sus dibujos parece hoy una ingenuidad, cuando ser dibujante de humor en la prensa diaria es hoy un salvoconducto para practicar el antisemitismo y la judeofobia. Pero fue un estado de ánimo común a todo un sector de aquella generación, en el que cristalizó tanto el desprecio de la injusticia y de la fuerza ejercida contra el indefenso como la capacidad de gozar de aquellos pequeños placeres de la vida cotidiana que son la última alegría que poco dura en la casa del pobre.

Perich fue el legítimo continuador de otro gigante, Cesc, Francesc Vila Rufas, de quien heredó talante y disciplina, y miembro del sector proletario de la gauche divine, que lo hubo. Pero él nunca dejó de ser aquel aprendiz que entró a trabajar en la Renfe porque no servía para nada. Y acabó siendo una de las miradas más lúcidas de su generación.

Ver estas antologías de frases de Perich; un escalofrío os recorrerá la espalda.

Vázquez Montalbán escribió este recordatorio cuando Perich murió.

Por cierto, hoy en la web del Col.legi de Periodistas no había nada sobre el tema. En casa de herrero, cuchillo de palo. 

julio 2008

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