Maddie y el miedo en la sociedad de la incertidumbre
Cuando ponemos muchos nombres a una misma cosa no es sólo porque no sepamos exactamente qué es sino que hay algo de su huidiza condición que nos inquieta profundamente. Por eso llamamos a esta época modernidad líquida, postmodernidad o incluso sociedad del riesgo. Sociedad del riesgo no es; lo eran los tiempos en los que la lucha por la existencia adoptaba formas menos sutiles que ahora. (Bueno, lo sigue siendo para muchos trabajadores de la construcción y asimilados, cuyo volumen de accidentalidad es escandaloso y, aún así, sus empresarios se deshicieron en dengues cuando se instaló una pancarta gigantesca de denuncia al respecto cerca de su salón sectorial, en Barcelona. Hay más muertos por accidente laboral que por violencia machista, pero el discurso de la liberación feminista ha triunfado y el de la liberación obrera ha desaparecido; justicia aparte, es la narración lo que cuenta al final).
Una de esas aproximaciones terminológicas que podríamos adoptar momentáneamente es la de sociedad de la incertidumbre. El fin de la modernidad significa el fin de las certidumbres; la certidumbre de la linealidad del progreso, del sentido de la historia, de la creencia religiosa, de la utopía social, de lo benéfico de la ciencia, de la redención por la cultura, de la educación como promoción personal. Woody Allen lo explicó muy bien: "Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo tampoco no me encuentro muy bien". Por eso el hombre de la calle se aferra a lo seguro: el deseo individual como certificado de vida, la tecnología como lenitivo y protección, el dinero y el aspecto personal como garantía de aceptación por los demás, y sobre todo, la condición de víctima como pasaporte social.
Hoy día la condición de ciudadano parece exigir la condición de víctima y su exhibición permanente: se siente uno más seguro, más ser, cuando muestra su aspiración a ser siempre acreedor de algo, pues ser una víctima nos exime de cualquier otra responsabilidad y compromiso. De ahí que se haya perdido el pudor de contar en televisión las desgracias propias o de exigir reclamaciones en las cartas al director de los periódicos; de ahí que la política se vaya reduciendo a administrar los presupuestos y a halagar los victimismos personales, grupales y estamentales. Cuidado con el hombre de la calle, que no es un don nadie sino una categoría política: l’uomo qualunque, el militante de la antipolítica, el garante de la política sin políticos, es decir el imperio del dinero y el poder en estado químicamente puro, disfrazado de ese a quien la vida le debe algo cada mañana al levantarse (l’uomo qualunque siempre está ahí y ahora regresa bajo la forma de Beppe Grillo y su Vaffanculo Day; antes fue el mismísimo Berlusconi aspirando al poder. L’uomo qualunque esencial en España son Aznar, Acebes, Zaplana, los que están en la política para enriquecerse, con el ladrillo, con Murdoch o con las fondos de reptiles paravaticanos, con toda su zafiedad y descaro).
Ante esa delicuescencia que rodea el yo personal y social en la sociedad de la incertidumbre, cobran mayor relieve los fantasmas, que pueden moverse más cómodamente en esos ámbitos vaporosos. El miedo toma las riendas, pues es una emoción fuerte y además, útil: lo justifica todo. Emoción al fin y al cabo, incluso administrado convenientemente contribuye a suministrar sensación de vivir, convertido en combustible para la avidez sensitiva que provoca el espejismo del deseo como única finalidad. Pero la sociedad de la incertidumbre es asimismo la sociedad de la información, y así el miedo se presenta bajo los ropajes de la información travestida en entretenimiento, los dictados de la moda y la ración asimilable momento a momento que impone el consumo. Más que miedo es un metamiedo que va adoptando formas sucesivas: el SIDA, las vacas locas, el tsunami, la fiebre aviar, los pederastas, el cambio climático. Dado que moda es lo que pasa de moda, el metamiedo se sucede a sí mismo pero permanece siempre igual.
Ese metamiedo es la esencia última de la antiutopía, y por eso confluye mayormente en la narración escatológica del cambio climático, con el ecologismo erigiéndose en última línea de retaguardia hasta la cual retroceder. El ecologismo es sólo aparentemente utópico y de un progresismo equívoco (en el sentido de opuesto a unívoco). El ecologismo puede erigirse en propuesta a la que adherirse en estos tiempos porque ha pagado el precio de la ruptura previa con la utopía positiva: es hijo de la increencia en el progreso, del miedo a la traición de la tecnociencia, de la creencia en la desaparición de las clases trabajadoras como motor de la historia, del recelo de la historia misma y de un profundo antihumanismo que desconfía de la capacidad de nuestra especie –nuestro género, el género humano, que es la internacional—para hacer un mundo habitable. Por eso se adhiere al cinismo del lenguaje políticamente correcto y hace de él ideología central. La antiutopía ecologista es hija de tres desengaños: el de Auschwitz, el de Hiroshima y el de la caída del socialismo real, por eso pueden converger en él ex habitantes de la Casa Blanca y ex militantes comunistas. Su drama es que no puede ser una propuesta progresista porque se ve obligado a participar del discurso del metamiedo, independientemente de la bondad y conveniencia de sus propuestas. Que el final de la utopía haya sido ésto y no lo que pensaba Marcuse no significa que los revolucionarios deban rendirse y olvidar que también hay un anticapitalismo reaccionario.
El problema del metamiedo y el motivo de su gran fuerza es que los miedos segmentados de los que se compone significan otras tantas narraciones, más allá de su verosimilitud. Y cada narración representa un significado, una concepción del mundo y de la vida, una apelación a una actitud determinada. Confieso ser un hermeneuta extremista que cree que todo es reductible a narraciones y significados, y que el mundo vive mediante el símbolo. Mientras el riesgo real que puede suponer un miedo postmoderno es estadísticamente mínimo, su narración ocupa no sólo una gran parte del espacio comunicativo sino del emocional, tanto personal y colectivo. Y entonces, hic sunt leones o Más allá hay monstruos, como el título de la novela de Kenneth Millar.
El triple desengaño que marcó el fin de la modernidad reveló que la aspiración ilustrada a una sociedad íntegramente “racional” era una aberración, a causa del superficial desconocimiento ilustrado de lo que es verdaderamente la razón humana y lo que llega a abarcar e implicar (hay en la narración científica, método incluído, una ingenuidad y una visión simplista respecto a lo que es la realidad, el universo y el hombre que me parece tan imponente como terrorífica; Mary Shelley lo intuyó perfectamente y Max Planck, a su vez, se situó en lo opuesto a ese simplismo: “Considero la conciencia como lo primordial, y la materia como un derivado de la conciencia”). El racionalismo ilustrado tuvo la osadía de desterrar de la vida su lado oscuro y numinoso, el aspecto terrible del Gran Vacío Creador que tan bien describe el simbolismo sibilino del I Ching y la colección de narraciones sobre las bajas pasiones humanas que es la Biblia. El precio del racionalismo arrogante ilustrado fue Auschwitz, Hiroshima y Berlín. Y ahora regresan los monstruos y se cuelan por la ventana, disfrazados de metamiedo postmoderno pero con su enseñanza sabia de siempre: son espantajos que nos llaman a descubrir lo que hay tras su apariencia, es decir, aquel aspecto de nosotros que hace que nos repelan y atraigan a la vez.
El metamiedo toma ahora el ropaje de una vieja narración infantil: los ogros que son los padres. El Terror significa que Puede Pasar Cualquier Cosa y hay que vivir con ello: Hansel, Gretel y Pulgarcito fueron abandonados por sus padres en el bosque porque la infancia y su protección son una creación de la ilustración, que divide las gentes en edades para organizarlas en el sistema de producción industrial; en el campo precapitalista se vive a lo bestia y el infanticidio forma parte de la vida; ahora nosotros adoptamos Pulgarcitas chinas condenadas por sus padres ogros a la muerte o el abandono. ¿Pero qué pasaría si esos padres ogros no fueran lejanos ni sin rostro, sino que estuvieran entre nosotros y fueran como nosotros, es decir, altos, rubios, prósperos y seguros? Puede Pasar Cualquier Cosa cuando el enemigo bélico se esconde en una cueva en las montañas y tiene ojos y manos en todas partes, y no se sabe exactamente hasta dónde es capaz de llegar, cual Doctor No postmoderno (Hay que reivindicar igualmente el conocimiento del lado oscuro que tenía Ian Fleming, hijo de un país sabio simbólicamente, que por algo inventó la masonería y se llama Tierra de los Angeles, England).
El hermeneuta vuelve pues los ojos hacia los libros sagrados, que son los libros de cuentos, en busca de luz. Los cuentos están siempre ahí para salvarnos, y por eso triunfa tanto Harry Potter, que ilustra a los prejóvenes sobre la condición fantasmagórica de la realidad y la necesidad de la amistad, el amor, la lealtad y el sentido para combatir el mal. Hace ya tiempo que los adultos renunciaron a facilitar espacios y ritos iniciáticos a los jóvenes, y por tanto esa imperiosa necesidad la impone la vida por la fuerza, por las buenas, de la mano de Dama Rowling o por las malas, por obra de las drogas sintéticas y el aturdimiento musicoquímico. La ilustración se puso ella misma el cuchillo en el cuello cuando olvidó el derecho al éxtasis y el ansia de Sentido más allá de lo “Conveniente” y lo “Necesario”, es decir lo utilitario (otra narración sagrada lo advirtió hace dos mil años: no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios).
Los metamiedos son narraciones que nos recuerdan nuestras cuentas pendientes, revelan nuestras lecciones no aprendidas y exponen nuestras debilidades; como personas, como sociedades y como género humano. Indican a dónde hemos llegado exactamente en nuestro camino de humanización. Nos invitan a descubrir cuál es el miedo real del cual huímos al entregarnos en brazos de las narraciones fantasmagóricas del metamiedo. Los metamiedos son maestros disfrazados de ogros, pues el verdadero iniciador a la vida es el Dragón (orgullosamente lo lucía en su pendón el viejo Uther Pendragon). Auspicioso en oriente, aquí se le redujo a bestia al ignorar su sabiduría: muerto él, quedamos mustios y débiles, y desorientado Arturo, la tierra se llena de males diversos: fibromialgia se llama la consecuencia de la lejanía del dragón en el caso de la mujer, velocidad automovilística en el del hombre. Cuando no somos capaces de descubrir el maestro que se esconde en el ogro, este nos devora, poco a poco, cada día, a pequeñas dosis, como Cronos. Descubrimos el maestro cuando nos damos cuenta de que la amenaza del ogro es un farol. Esa fue la lección de Juan en Patmos y por eso vio un nuevo cielo y una nueva tierra.
Puede Pasar Cualquier Cosa pero Harry Potter alza su varita mágica y nos muestra el camino: vencemos con temple, fraternidad y rechazo de la crueldad. Hay que tener muy en cuanta que el hombre de la calle se horroriza de que los padres de Maddie McCann puedan ser culpables y a la vez lo desea disimulada y morbosamente, del mismo modo que su antecesor deseaba que Jack el Destripador fuera el Príncipe de Gales (otro malo que regresa en la narración de otro cuento infantil, el de la princesa bella y buena rechazada y arrojada en brazos de la muerte por la reina bruja y su hijo infiel y malvado). No hay inconveniente en cambiar la narración de un día para otro, pues todas son útiles. Compadecer al pobre matrimonio rico, extranjero y bienestante que a pesar de toda su fortuna sufre la mayor desgracia permite al Buen Pueblo sentirse en una posición emocional y moralmente superior; es el fariseo que da gracias a Dios por no ser como los demás. Y si el ogro fuera el poderoso y el triunfador se podría gritar de nuevo horror, horror, seguridad, seguridad, ley y orden, somos víctimas, la sociedad está en deuda permanente con nosotros, nosotros, el pueblo huérfano. El pueblo huérfano y humillado que resurge, es decir, el inicio de otra narración, Mein Kampf. Una narración que queda siempre en la recámara cuando las cosas resultan insostenibles.









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