La muerte de Luciano Pavarotti me trae una sensación de déja vu: el fallecimiento prematuro del tenor norteamericano de origen italiano Mario Lanza, en 1959 y a los 38 años. Fue Lanza quien llevó a cabo, a mediados del siglo XX, la gran popularización de la ópera a través de la cultura de masas, y fue el causante de la vocación de la generación de Pavarotti. José Carreras dijo una vez que si era cantante era gracias al ejemplo de Mario Lanza.
Mario Lanza se hizo famosísimo en todo el mundo gracias a la industria cinematográfica de Hollywood cuando protagonizó la película El gran Caruso, en la que el italoamericano encarnaba al tenor Enrico Caruso, muerto en 1921, uno de los primeros cantantes líricos que grabó discos. El gran Caruso consolidó el género de biopic musical pero fue mucho más allá: se estrenó en 1951, precisamente cuando comenzaban a popularizarse los discos microsurco, más sólidos y de mejor calidad reproductora que las placas de 78 rpm que existían entonces. Faltaba muy poco para que el éxito de Elvis Presley impulsara las ventas mundiales del nuevo soporte musical, y la construcción de un ídolo operístico popular mediante el cine sirvió para que los nuevos públicos de la música cuasi pop se incorporasen al mercado discográfico emergente.
La carrera cinematográfica de Mario Lanza apenas sobrevivió a esa gran operación comercial pop; solamente un film rodado en Italia, Las siete colinas de Roma, le recuperó como actor. Era la época en que el cine italiano trataba de hallar artistas que fueran a la vez actores cinematográficos y cantantes, como Renato Rascel, que también participó en aquel film. Pero esa corriente acabó disolviéndose.
La tarea de popularización operística llevada a cabo pot Pavarotti, con Carreras y Plácido Domingo, pues, había sido ensayada antes. Los tres tenores contaron con la ventaja de tener ante si todo un mercado musical experimentado y ahondado durante cuatro décadas, tanto en discos como en conciertos, llevando a los grandes coliseos que fueron abiertos por los supergrupos rock lo más masticable y masticado de cierto repertorio romántico, con espantosos añadidos folklóricos incluídos.
Algunas personas han criticado esa tarea de popularización, arguyendo que equivalía a rebajar el nivel cultural de la ópera. Yo, en cambio, creo que lo que los tres tenores hicieron, sin darse cuenta, fue poner de manifiesto que la ópera no es música clásica, culta, sino pura música pop, la música pop de una época y un mundo, que sobrevive por razones diversas, más allá de su interés estrictamente musical. No popularizaron nada, simplemente sellaron las grietas que existían entre la música pop radiada y los restos dorados de la música pop del siglo XIX.
El triunfo en el cine de Mario Lanza creó, probablemente, vocaciones artísticas. Luciano Pavarotti deja tras de si una caricatura dibujada toscamente por la cultura pop, la del bonachón corpulento y sensible, generoso con todos, romántico y creativo, que no por gigantón deja de tener su corazoncito. Igual que otro personaje pop de la época de Mario Lanza; Goliath, el compañero de El Capitán Trueno. Dejarse engullir por la cultura pop tiene esos riesgos.
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