Anoche soñé con elefantes, en lugar de soñar con la hipoteca, como todo el mundo. Me pasé el día pensando en ellos. Cada día me atraen más los animales y las plantas, pero ello no es fruto de mi mayor conocimiento de las personas. El problema de los movimientos animalistas es que llegan a hacerse antipáticos con esa actitud que décadas antes hallamos en el feminismo, más recientemente en ciertos sectores gay y, en el siglo XIX, en el movimiento obrero: el sectarismo dogmático. Pero los animales son los más débiles ahora, testigos mudos de una amenaza a la biodiversidad
¿Mudos, he dicho? Nada de eso. Los elefantes tienen un sistema de comunicación altamente desarrollado en el que intervienen todos sus sentidos, más una habilidad especial: comunicaciones enormemente eficaces y sofisticadas mediante sonidos de baja y alta frecuencia, nada menos que entre los 5 hz y los 9.000 Hz. Son capaces de emitir notas que abarcan ¡10 octavas! Los elefantes cantan, pues.
Son, en cualquier caso, los seres vivos con el cerebro más grande, con su proverbial memoria prodigiosa. Animales dotados de un intensísimo sentido social, ponen todas sus habilidades al servicio del grupo, cuya lealtad está por encima de la propia vida. Y ostentan verdaderos valores familiares como la solidaridad y compasión con los enfermos, los ancianos y los bebés, enternecedoramente mimados por toda la familia. Su eficaz sistema de comunicación está puesto al servicio no sólo de la supervivencia social y grupal sino de la socialización. Un elefante puede reconocer la voz ultrasónica de otro congénere hasta a 2,5 km de distancia, y puede detectar colegas a 10 km a la redonda y calcular la distancia a que se encuentran. Reconocen a los humanos y distinguen no sólo si son de uno u otro sexo sino si son peligrosos para ellos o no.
Cada vez estoy más convencido que nos aproximamos a un cambio de paradigma que no solamente será científico sino cognitivo. Hoy hablaba con mi profesor de antropología cultural, Albert Chillón, y le decía que más allá de la biosfera del planeta, lo que está en juego es su noosfera: la “atmósfera” de conocimiento, comunicación y conciencia que no nos viene dada sino que desarrollamos por nuestra voluntad y responsabilidad. Así, la ética adquiere una nueva dimensión: nuestros actos deben transformar la visión del mundo que tenemos, y esa visión hacerlo evolucionar en su conjunto. Un nuevo paradigma cognitivo para un mundo nuevo debe incluir necesariamente a los animales y a nuestra relación con ellos.
Pienso en los tiempos antiguos, en las visiones totémicas y las culturas chamánicas, y todo cobra nuevo sentido. Nuestra relación paternalista y proteccionista con los animales es simplemente la otra cara de nuestra actitud utilitarista y explotadora hacia ellos. Necesitamos tótems que nos enseñen a mirarnos en sus valores idealizados, necesitamos ir al encuentro de ese punto de sabiduría primigenia en el que la idea arquetípica que se halla tras su existencia nos inspire y guíe.
Joyce H. Poole, científica experta en animales y directora del proyecto Elephant Voices me sacudió ayer, cuando pensaba en estas cosas, desde una entrevista publicada en La Vanguardia. “Un elefante anciano recibe el respeto y la reverencia del grupo. Pero lo que me fascina de los elefantes es su soldiaridad, su compasión, su espíritu de equipo y de familia y su enternecedora fidelidad”, dice. ¿Estamos realmente en condiciones de infravalorar estas cualidades encarnadas en seres vivos, desde nuestra pretendida superioridad cognitiva e incluso metafísica?
Los elefantes son buena gente, “ojalá todos fuéramos como ellos”. Quizás disfrutaríamos realmente, pues “en la boda (de una pareja de elefantes) participa toda la familia (pues) las grandes elefantas matriarcas dirigen la manada familiar (…) hacia los sementales (y) cuando al fin se produce la unión con el dominante, la cortejada emite un ultrasonido específico que puede captarse hasta en 10 kilómetros a la redonda. Y entonces se monta lo que los zoólogos denominamos pandemónium de elefantes. (…) ¡Vaya juerga! Acuden elefantes de varias familias. Se baila, se canta, se tocan… ¿Puedo ser más específica? Pues se practican curiosísimos juegos de excitación mutua y con semen y tierra que suelen acabar en duchas colectivas. ¿Sigo?” La doctora Poole ha tenido, pues, el privilegio de ver el baile de los elefantes, durante años considerado una simple leyenda. Los elefantes cantan, bailan, aman y son buena gente. Pediré el elefante como totem.
Antes de leer la interresantísima información de Elephant Voices, leer esta introducción: Los elefantes no necesitan teléfono.
El gran Rudyard Kipling puso al elefante en uno de los sitios de honor de su Libro de las tierras vírgenes: el poderoso y leal Hathi. Pero también escribió un maravilloso cuento sobre el baile de los elefantes: Toomai el de los elefantes.
(Ilustración: Elefantes saludándose, por Joyce H. Poole)
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