Si aquí hubiera diarios dedicados a publicar preferentemente buenas noticias, como The Chrstian Science Monitor, esta hubiera salido en portada. Un grupo de niños de la calle Finlàndia, en el barrio de Sants, de Barcelona, descubrieron el pasado verano, durante la fiesta mayor del barrio, las delicias de jugar en la calle y no en las conejeras amuebladas a las que piadosamente llamamos pisos. Con la calle cortada al tráfico, con el asfalto lleno de juegos, fiesta, vecinos y risas, los chavales aluncinaron. ¡Oh maravilla! ¡La calle no es para que corran los coches y las motos, ni para que meen los borrachos, ni para que debas tener cerrado el balcón a causa del ruido! No, la calle es para encontrarse con los amigos, para esparcirse y distenderse, para hacer el remolón antes de subir a casa de vuelta del cole, para mirar de reojo a la niña que nos gusta, para aprender juegos, palabrotas, picardías, para saltar, correr, darle a la pelota, cambiar cromos y tebeos, para hablar de fútbol y para que tu madre te llame a gritos desde el balcón.
Así que, ni corta ni perezosa, la chavalería se fue a ver al organizador de la fiesta mayor con una idea: que la calle se cortase más a menudo, para poder jugar y disfrutar de nuevo. El vecino les mandó a ver a la concejala del distrito Imma Moraleda, quien tuvo un detallazo cívico: no sólo escuchó a los niños sino que asumió su propuesta. Y así, desde el pasado domingo, la calle Finlàndia se corta al tráfico una vez por semana, y queda dedicada al juego colectivo de sus pequeños vecinos. Los chavales no se lo podían creer, y los padres, menos. Ni playsations, ni wiis, ni obleas: carreras, patadones, saltos y el gusto por el juego colectivo.
Gracias a este acto de sensibilidad y coraje cívico, en Barcelona se cumplirá con un imperativo vital, que es el que sigue. La calle es para cumplir con el primer rito iniciático de la vida: ingresar en la tradición oral del juego infantil, a la que los padres son y deben ser totalmente ajenos, y que debe realizarse en estricto plano de igualdad entre niños. Si el aire de las ciudades hace hombres libres, las calles dispuestas para el juego son el primer escenario donde esa libertad entra en juego. Mucha pedagogía de lo lúdico ha olvidado lo necesario de la autonomía del juego infantil, el poder de la transmisión oral de las tradiciones del juego en la formación del sentido de comunidad y pertenencia, la necesaria primacía del entretenimiento cinestésico, o "jocs valents", como decíamos antes. Ahora resulta que jugar a cavall fort o pídola puede causar lesiones, y hay inquietud porque los chavales ven lucha libre en la tele y se cascan en el patio de la escuela, como si los patios de las escuelas no fueran para eso, para cascarse (los chavales del Poble-sec cuando era niño no veíamos lucha libre en la tele sino en directo en el Price los domingos por la mañana, donde por pela y media admirábamos a los estupendos Tarrés, Fred Lamban y Joe Adell, el titán de Sant Andreu que, con Rubio, otro gran artista, serían fantásticos especialistas en los westerns rodados en Esplugues City).
Honor a los niños de la calle Finlàndia que han aprendido varias cosas fundamentales: reclamar derechos cívicos es imperativo; ver cómo la acción reporta frutos, gratificante; jugar de manera autónoma, humanizador. Como nos decían nuestros padres cuando nos poníamos pesaos: ¡A jugar, a la calle!
Por cierto, el hijo de mi admirado luchador, el señor Rubio, ha llegado a ser un gran amigo mío. Es consejero delegado de una televisión e, igual que yo, fue espectador de lucha libre en la infancia y un sensato y pacífico padre de familia en la edad adulta. También jugaba en la calle.
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