Adios a Umbral, las columnas y el malditismo
La muerte de Francisco Umbral es un paso más en el proceso desaparición del columnismo, entendido como género periodístico y por tanto literario, que no se reduce al chismorreo ni que éste sea político. El anterior fue la desaparición de Eduardo Haro Tecglen; cada vez son menos las columnas que no responden a la batalla política coyuntural, de modo que el columnismo periodístico ha llegado a ser casi indistinguible de las tertulias. Solamente Quim Monzó y Baltasar Porcel, en La Vanguardia, se distinguen de esa bruma, y el resto de buenas plumas queda desviado a los dominicales. Los periódicos españoles decidieron un día ser prensa de partido sin confesarlo, de modo que la independencia de criterio halla escaso cobijo bajo su papel. El propio Umbral, en sus últimos tiempos en El Mundo, caminó también hacia zonas mucho más cercanas al pesebrismo ideológico e ideologizado.
Si se mira bien, poco tienen que hacer las columnas escritas con intención metacoyuntural. Los libros de estilo, bienvenidos otrora para poner orden en las ensaladas redaccionales y tipográficas en que se habían convertido muchos diarios, han reducido la redacción periodística a la vulgaridad, que nada tiene que ver con la escritura clara y concisa propia del periodista de raza. Un Robert Escarpit, cuyo brevísimo billete Au jour le jour, en Le Monde, fue modelo de maestría, hoy día sería visto como una rareza. Véase cómo estorbaba la argumentación directa de Haro, ante la nueva prosa falangista-radiofónica de puños y pistolas que ha venido empujando.
Los jóvenes estudiantes de periodismo de ahora no tienen en los textos que se publican en los diarios escuela que seguir ni donde inspirarse. Manuel Leguineche está retirado en el campo y José Martí Gómez escribirá ahora de fútbol. Si les pregunta alguien quién era Ramon Gómez de la Serna o César González Ruano se quedarán en blanco; dudo que en las facultades se lean hoy las entrevistas de Manuel del Arco.
No sólo es cosa de la política o de la chatez comunicacional de la prensa diaria, sin embargo, sino espíritu del tiempo. Habría que inventar un columnismo nuevo que sorprendiese o por lo menos llamase la atención. Porque el problema es que ahora no se puede ser maldito, como Umbral. ¿Quién va a hacer el papel de bohemio y maldito literario, cuando se hacen espectáculos de coña sobre Kurt Cobain, cuando Fernando Arrabal parece un corderito e incluso Juan Goytisolo disimula cada vez menos a quién sirve? El pobre Terenci Moix, que un día escandalizó con sus "vicios capitales" acabó de chevalier servant de Isabel Preysler, antes de ser olvidado.







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