¿Y si la “brecha digital” fuera mentira? Planteemos la pregunta correctamente: ¿qué es lo que rechazan quienes no se conectan aún a la red, o no aprovechan todavía su potencial? ¿Rechazan la red, es decir, la interconexión personal global, o rechazan el uso del ordenador?
El crecimiento exponencial de la telefonía móvil y el desarrollo de esos “teléfonos” indica que a lo mejor la brecha digital no es tal. La gente desea interconectarse, interrelacionarse y beneficiarse de productos en red, y lo hace a través del móvil. El teléfono móvil se está convirtiendo en un centro conectivo personal portátil, que centraliza los intereses de sus usuarios: interconexión personal por razones de trabajo, amistad y sociabilidad; intercambio de imágenes personales, familiares y amicales; ver fotografías, escuchar música; dentro de un tiempo, ver televisión, a la carta y sin exigencias espaciotemporales; obtener recursos, localizar y ser localizado, verse con el interlocutor mientras se habla, acceder a distintas opciones de entretenimiento. Y todo esto junto, formando algo muy importante: conseguir que todas esas prestaciones, usos y gratificaciones adopten una forma personalizada, y que tanto el objeto como su uso sean indicadores de la propia personalidad.
Si se desea un acceso masivo a internet, y que las autopistas de la información sean verdaderamente generalistas –como lo son las cadenas de televisión en abierto o la prensa diaria—parece difícil que la herramienta de conexión universal haya de ser el ordenador, tal como lo conocemos. El ordenador es una herramienta de trabajo, surge de la cultura del negocio y no de la del ocio. El ordenador se lo compran los papás al chico para que aprenda eso de la informática; el móvil se lo consigue el chaval para ser quien él mismo desea. Por más que las empresas propugnen un ordenador casero como centro de entretenimiento y ocio, esa empresa está llamada al fracaso. Un medio de entretenimiento no se parece a una herramienta de producción.
La popularización masiva de un recurso comunicacional pasa por su domesticación y mobiliarización: su adaptación a la privacidad doméstica propia de la sociedad individualista de mercado. Esa privacidad doméstica se convierte, en la sociedad postindustrial, en una mobiliariedad volante (como corresponde a una identidad flotante) y ahí está el coche tuneado y el ocio transitorio en las zonas de copas en carpas o aparcamientos cercanos a centros de diversión para recordárnoslo. En la antigua sociedad burguesa, uno recibía a sus amistades en casa un sábado por la tarde para enseñarles las fotos de vacaciones (o proyectarles los vídeos, ¡horror!) pero ahora todos miramos las fotos de las novias o los hijos de los demás y mostramos las nuestras en los respectivos móviles.
Pero esto lo habíamos visto ya con la radio. La radiodifusión popular ya ha vivido nada menos que dos revoluciones interficiales, y por eso es el medio omniabarcante e inmediato que hoy conocemos. La radio empezó como lo más geek: un entretenimiento comunicacional y cultural de base tecnofílica (radio de galena, radioaficionados) pero hubo de aparecer el receptor doméstico a lámparas (los superheterodinos, ¿recuerdan?) para que se convirtiese en el primer entretenimiento doméstico electrónico. La televisión aprendió bien la lección: su promesa gratificatoria era “el cine en casa”, del mismo modo que la radio fue “el concierto y las noticias en casa”. La revolución del transistor llevó la radio hasta el último rincón del planeta: miniaturizada y a pilas. La televisión aún pugna, ¡ay! por acceder a una miniaturización y disponibilidad semejante; curiosamente, el obstáculo no son los receptores, que existen, sino el descomunal hecho de que la programación televisiva no está dispuesta a adaptarse a esa miniaturización omnidisponible y lo que ello conlleva en cuanto a contenidos y programación.
La actual revolución de la telefonía móvil parece ser el punto de convergencia de la suma total de las crisis a este respecto. La televisión segmentada que surgirá de la TDT podrá acceder a la miniaturización omnidisponible a través de los móviles, y el desarrollo de estos (pantallas, miniteclados, prestaciones y conectividad inalámbrica universal) dará origen al sustituto del PC como puerta de acceso a internet. Probablemente el sueño de una internet como enciclopedia universal y herramienta instructiva globalizada corra un grave riesgo de frustración, del mismo modo que desapareció otro sueño idéntico, el de la televisión como gran herramienta educativa popular. Y entonces tendremos una verdadera brecha digital: la establecida entre los consumidores populares masivos, que usarán la red como medio de entretenimiento, escenario de espectáculo, espejo multireflectante de identidades flotantes y espacio de sociabilidad, y una minoría ilustrada, que utilizará internet en clave de instrucción, movilización social y caja de resonancia ciberidentitaria, sin renunciar a los usos “masivos” en clave de gustos propios.
¿Apocalíptico? Quizás no: el duendecillo geek que anida en el corazón de todo internauta, por ilustrado que sea, podrá salvarle de echar de menos los buenos tiempos en los que lo que mandaba en la red eran los hipertextos, del mismo modo que los telespectadores de calidad de ahora añoran Estudio 1.
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